![]()
Nº 2 / Octubre 2004
|
Si el Frente gana
¿abandonará los plebiscitos? Democracia directa: una vieja novedad “Tan
pronto como el servicio público deja de ser el principal asunto de los
ciudadanos, y éstos prefieren servir con su bolsillo a hacerlo con su
persona, el Estado se halla próximo a su ruina. ¿Es preciso ir a la
guerra? Pagan tropas y se quedan en casa. ¿Es preciso ir al Consejo?
Nombran diputados y se quedan en casa. A fuerza de pereza y de dinero
consiguen tener soldados para esclavizar a la patria y representantes
para venderla”. (J. J. Rousseau,
“El Contrato Social”) Basta con buscar “democracia”
en internet para verse inundado por miles de
artículos recientes y de las más variadas procedencias. En todo el mundo, al
menos en el mundo occidental, la
democracia es hoy objeto de reconsideración. Tal vez porque es una de las
pocas ideas sobrevivientes del naufragio postmoderno, se escriben sobre ella
nuevos libros, la redescubren los filósofos, la analizan polítólogos
y sociólogos y la recomiendan ahora hasta los economistas. Curiosamente, ese interés
teórico coincide con un creciente desencanto popular respecto a la
institucionalidad democrática. Las encuestas afirman que, más allá de
circunstanciales entusiasmos electorales -y no hablo sólo del Uruguay-, un
importante sector de la población ha perdido o tiene muy disminuida la
confianza en el parlamento, en el gobierno, en la burocracia estatal, en los
partidos políticos y en el poder judicial. ¿Cómo es posible esa
contradicción? ¿Cómo se explica que una idea política gane prestigio
intelectual y al mismo tiempo se desacredite
como instrumento de la vida social? |
|
La vida en democracia es un proceso inevitable de autoeducación colectiva. |
Los senos de
Isabel Sarli
En cierto sentido, la
democracia se parece a los senos de Isabel Sarli, que
todavía asoman a veces por televisión. Está tan vieja, ha sido tan exhibida,
tan manoseada, tan usada para propósitos subalternos, que ha perdido hasta la
capacidad de excitar. Se ha vuelto una idea a la vez familiar e inocua,
vaciada de pasiones. A lo sumo se la respeta como a un viejo tótem doméstico,
que nadie desea destruir pero del que nadie espera tampoco ningún milagro. Tal vez el problema radique en
que se denomina “democracia” –así, al barrer- a dos cosas esencialmente
distintas. Por un lado, al concepto mismo de democracia. Y, por otro, al
sistema “democrático-representativo” que impera formalmente en la mayor parte
del mundo occidental. Las líneas que siguen apuntarán a distinguir una cosa
de otra. La democracia representativa es
una modalidad de la democracia indirecta por la cual los ciudadanos renuncian
a decidir los asuntos que les conciernen a cambio de elegir a ciertas
personas que habrán de decidir por ellos. Es un sistema que, al decir de un
pensador alemán, intenta hacernos creer que “la libre elección del amo
elimina al amo y al esclavo”. Como es obvio, la democracia
representativa reposa sobre el concepto de representación, por lo que no
estaría mal detenernos un momento en la dichosa palabreja. La “representación” es en el
fondo una idea casi metafísica, por la cual se supone que ciertos individuos
tienen la mágica virtud de expresar la voluntad ajena sin necesidad de
consulta previa con los representados. Desde luego, hay fuertes razones para
dudar que tal mecanismo funcione. En el Uruguay, por ejemplo, una larga serie
de plebiscitos ha demostrado que los parlamentarios suelen actuar al margen e
incluso contra la voluntad de sus votantes, siguiendo sus propias ideas o las
conveniencias de grupos de presión con los que están ligados. Luego
–plebiscito mediante- quedan en evidencia, pero siguen en sus cargos.
Entonces, claro, no es disparatado pensar que el sistema representativo no
funcione. Sin embargo, me propongo
sostener que la sensación de descrédito que afecta al sistema democrático
representativo proviene más de lo que tiene de representativo que de lo que
tiene de democrático. Para eso, tal vez convenga intentar una definición del
concepto de “democracia”, deslindándolo de ciertas indebidas connotaciones
que se le adhieren. |
|
Democracia y capitalismo tienen lógicas antinómicas.
Incluso puede decirse que, en su forma más pura y tradicional, la democracia
era incompatible con el desarrollo capitalista. |
Breve
excursión a los orígenes
La democracia tiene límites geográficos,
temporales y culturales bien delimitados. Es vieja, pero no eterna. Nació en
Grecia hace unos dos mil quinientos años, se expandió después por Europa y
-aunque los occidentales nos resistamos a creerlo- hasta el día de hoy es una
idea extraña e inaceptable para buena parte de la humanidad y para muchas
de las culturas que la integran. Por otra parte, nació directa. Los antiguos
griegos desconocían el concepto de representación, de modo que su idea de
democracia implicaba que los ciudadanos se pronunciaran directamente sobre
los asuntos sujetos a resolución. No pretendo idealizar a la democracia
griega, que era esclavista y excluía de la ciudadanía a buena parte de la
población, pero insisto en que, como señala el sociólogo Claude
Lefort en “La sociedad contra la política” (ed. Piedra Libre, 1993), el concepto de representación
–aunque todavía sin vínculo con la democracia- se acuñó mucho después, en los
Estados monárquicos europeos. Por otra parte, su asociación indisoluble con
la democracia es una operación de contrabando intelectual muy posterior,
relativamente moderna y, como veremos, motivada en intereses económicos muy
concretos.. Para terminar, la democracia es
precapitalista. Como sostiene también Lefort, y
contra lo que mucha gente parece creer, democracia y capitalismo tienen
lógicas antinómicas. Incluso puede decirse que, en su forma más pura y
tradicional, la democracia era incompatible con el desarrollo capitalista. De
hecho, la democracia directa parece haber sido siempre un obstáculo para los
regímenes de privilegio. Tal vez por eso fue históricamente resistida por los
sectores sociales dominantes (no olvidemos que las democracias primitivas
adoptaron criterios restringidos de ciudadanía y fueron en general censitarias). Y es significativo que la aparición de la
democracia representativa coincida con el ascenso de la burguesía y el
desarrollo del capitalismo. Los motivos son obvios. La acumulación
capitalista requería una política de ahorro y sacrificio que no habría podido
imponerse si la población hubiera participado en las decisiones. Por eso
surge la figura del representante. No para asegurar la participación política
del pueblo, sino para neutralizarla. La representación, entonces -y no la
democracia-, fue el gran instrumento del que se valió la burguesía para
apartar al pueblo llano de la política. |
|
La “representación” es en el fondo una idea casi
metafísica, por la cual se supone que ciertos individuos tienen la mágica virtud
de expresar la voluntad ajena sin necesidad de consulta previa con los
representados. Apuntes para
una definición
A la luz de esos antecedentes, se puede intentar definir
el concepto de democracia como un criterio de organización social humana caracterizado
por tres requisitos. El primero es que la soberanía del agrupamiento humano
del que se trate radique en sus integrantes. Aplicado a la sociedad, esto
significa algo un poco más complejo que el simple hecho de que el poder de
decisión radique en el pueblo. Significa, además, que toda posible
legitimidad del poder proviene del pueblo. No de Dios, ni de la Nación, ni
del Estado, ni del Líder, ni del Destino, ni de la Tradición, ni de la
Historia, ni de una Clase Social, sino del pueblo como conjunto de todos los
ciudadanos y ciudadanas. Hoy puede parecernos de Perogrullo, pero en sus
orígenes la idea debió de ser inquietante. Casi como declararse huérfano. El segundo requisito es que las decisiones se tomen
conforme a la voluntad expresa -no
presunta- de la mayoría. El tercero y último es que todos los ciudadanos/as tengan
garantizados ciertos derechos que el colectivo no puede transgredir, entre
los cuales, y muy especialmente, el derecho a la igualdad y a la libertad de expresión, en particular
cuando la opinión que se exprese sea minoritaria. Parecen tres reglas ingenuas y sencillas de cumplir. Si
yo fuera un optimista, me pondría a cantar loas. Pero no soy tan optimista
respecto a la democracia. Porque, bien mirada, no es una receta para construir
el paraíso, ni para hallar la verdad, ni para acertar en las decisiones. En
rigor, su objetivo no es adoptar decisiones acertadas, ni mucho menos hallar
la verdad. (me atrevería a decir incluso que
requiere cierto descreimiento en la existencia de verdades absolutas). Además, desde un punto de vista filosófico, tomar
decisiones en base a la voluntad mayoritaria es un criterio tan arbitrario
como cualquier otro. En una sociedad teocrática sería considerado un disparate,
y probablemente pasaría lo mismo donde imperara el cientificismo positivista.
También hay que señalar ciertos peligros. Por ejemplo, el
del predominio abusivo de las mayorías, que puede derivar en una verdadera
“lógica de linchamiento” cuando los derechos de las minorías no están
debidamente garantizados. O el de la “entropía democrática”, que Pierre Rosanvallon señala como un proceso por el cual el poder
tiende a volver lentamente a manos de los “administradores”. Y existe por
cierto el riesgo de que, demagogia e ignorancia mediante, pueda llegarse a
decisiones disparatadas. Como respuesta a tantas objeciones, sólo puedo decir que
–en su sentido esencial- la democracia parece priorizar dos valores modestos
y relativos: la libertad, en primer lugar; y la paz, en segundo lugar. No es
mucho, ya lo sé. Pero tiene además otras dos grandes virtudes. La primera es
la de poner a cada hombre y a cada mujer ante su propia responsabilidad
existencial. Responsabilidad por sí mismo y por la colectividad. Y la segunda
(no sé si las palabras que se me ocurren logran expresar lo que quiero decir,
pero voy a intentarlo) es que la construcción de cualquier sistema
democrático auténtico presupone la simultanea autoconstrucción de los
ciudadanos y ciudadanas que han de vivir en él. En otras palabras: la vida en
democracia es un proceso inevitable de autoeducación
colectiva. La conclusión obvia es que la democracia no es un
absoluto. La frase que afirma “en materia de democracia no hay términos
medios; hay democracia o no la hay”, es una mentira. Hay grados de
democracia, según el grado de intervención que el pueblo tenga en las
decisiones y según el respeto que reciban los derechos individuales y de las
minorías. Por eso, en este tema nada está dicho de una vez y para siempre. La
democracia se construye, o se destruye, día a día. La democracia
directa
La clave de la democracia directa es que los ciudadanos,
en lugar de elegir representantes, se pronuncian directamente sobre los temas
a decidir. Con frecuencia nos es presentada como un instrumento ingenuo,
arcaico, incivilizado, cuando no sencillamente peligroso. La machacona
insistencia en favor de la democracia representativa ha terminado por
cerrarnos el horizonte, por hacernos creer que es la única forma de democracia
que existe y ha existido, que es válida en todo tiempo y lugar y que ha sido
siempre igual a sí misma. Todo lo cual, como vimos, es una gran falsedad. Ante todo, es necesario evitar la asociación mecánica de
la idea de democracia con el sistema electoral, con el régimen de partidos,
con el parlamento y con la representación proporcional. Porque, ¿es esa en
verdad la clase de democracia que más intensamente experimentamos? ¿Y qué
pasa en la vida cotidiana? ¿Qué ocurre cuando con un grupo de amigos debemos
decidir si iremos al cine o a cenar? ¿Cómo se deciden los asuntos importantes
en los clubes deportivos, en las instituciones sociales, en los edificios en
propiedad horizontal? Hagamos un poco de memoria. Aun en dictadura, ¿en qué
forma tomábamos resoluciones en los
sindicatos y gremios estudiantiles? ¿Y cómo tomamos hoy las grandes
decisiones nacionales, como las reformas constitucionales y la derogación de
leyes? Lo que pretendo decir es obvio. Nuestra cultura
–occidental, pero también específicamente uruguaya- está repleta de
manifestaciones muy concretas de
democracia directa. Incluso en áreas de la vida que poco tienen que ver con
la política. Sospecho que en otras culturas los criterios de decisión son muy
diferentes. Tal vez predomine la tradición, o los criterios de autoridad.
Pero aquí no. Los uruguayos, ante cualquier dilema colectivo, casi
instintivamente nos ponemos a contar cuántas opiniones hay de un lado y
cuántas del otro. No por casualidad, mientras que en otros países no existen
los plebiscitos, nuestra Constitución prevé tantas formas de consulta
ciudadana, como el referéndum, la reforma constitucional y la iniciativa
popular en materia legislativa. Contra lo que pueda parecer, no intento negar a la
democracia representativa, sino apenas señalar que -junto a ella, por encima
y por debajo de ella- existen en nuestra sociedad múltiples formas de
democracia directa plenamente vigentes y operativas. Y que tal vez deberían
existir más. Por cierto, siempre habrá temas menores o rutinarios, en los que
la intervención directa de la ciudadanía sea injustificada. Pero, por aquello
de “mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia
soberana”, en un régimen realmente democrático la delegación de las
decisiones es siempre circunstancial, subsidiaria, revocable. Un asunto
práctico, no de principio. Conviene dejarlo claro,
porque desde hace tiempo se oyen en el país voces que alertan sobre
los riesgos del “democratismo”. Al parecer, sólo la democracia representativa
garantizaría el prudente gobierno de la vida colectiva. He llegado a oír que
los plebiscitos, en la medida en que suelen desautorizar a los líderes
políticos y a los representantes parlamentarios, son casi un ataque a la
democracia. ¿Subversión del lenguaje? Por supuesto. Porque, ¿cómo puede un
representante, invocando a la democracia, negarse a ser cuestionado por sus
representados? Recordemos una vez más que las restricciones a la intervención
directa de los ciudadanos han sido siempre la música de fondo de los
regímenes de privilegio y/o de fuerza. La democracia directa, entonces, no es una rémora del
pasado ni un peligroso instrumento de disolución social. Es una idea poderosa
y revulsiva, preñada de potencialidades creadoras. Ocurre que su efectiva
vigencia presupone nuevas e inimaginables formas de convivencia. Implicaría
además una completa reformulación de la institucionalidad y seguramente
aparejaría drásticos cambios en las políticas sociales y económicas. Tal vez
por eso ha sido históricamente negada por los sectores privilegiados. Tal vez
por eso se la niega tanto todavía. ¿Y si gana el
Frente Amplio? Como vimos, una seguidilla de plebiscitos ha demostrado
que –en el acierto o en el error- el pueblo uruguayo es fiel a ciertas
convicciones, que defiende incluso contra la opinión de sus representantes.
Así ocurrió, por ejemplo, con las privatizaciones intentadas por los
diferentes gobiernos y con la reforma del régimen de ajuste de las
jubilaciones. Como opositor, el Frente Amplio ha apoyado
sistemáticamente esos plebiscitos. Ahora bien, cabe preguntarse qué ocurrirá
si llega al gobierno. ¿Abandonará la práctica de la democracia directa? ¿La
considerará una traba para su función de gobierno, igual que los gobiernos
anteriores? ¿O la desarrollará aun más, como un original instrumento
político? El asunto es interesante incluso como análisis de la
mentalidad de los militantes“de izquierda”. La tradición marxista clásica, en
particular la marxista-leninista, ha sido históricamente escéptica, cuando no
hostil, ante los cambios “superestructurales” como
método de acción política. La convicción de que las relaciones de producción
y la lucha de clases son la clave y el motor de la historia ha hecho que
buena parte del marxismo menospreciara el papel de los instrumentos “formales”
e institucionales en el acontecer social. Más importante que las expresiones
de voluntad del pueblo o de la ciudadanía, era el papel del “partido”, que,
ya por vanguardización ya por hegemonía, expresaba
los reales intereses de la clase obrera y del pueblo. En el fondo, nos
encontramos otra vez ante la idea casi metafísica de “representación”, idea
que –la invoque quien la invoque- parece destinada a jugar siempre un papel
reaccionario. Desde luego, esta visión “cuadrada” no es la que impera
hoy en la izquierda uruguaya. Pero las tradiciones suelen tener una sobrevida sorprendente, incluso cuando las circunstancias
que les dieron origen han dejado por completo de existir. Lo que quiero decir
es que el Frente Amplio, en el muy probable caso de alcanzar el gobierno,
cometería un grave error si se sintiera imbuido de alguna clase de
representación mesiánica, por la que pretendiera “expresar” en forma
inconsulta los intereses populares. Si en octubre ocurre lo que
muchos esperamos, tal vez la sociedad uruguaya comience a experimentar
cambios sociales y políticos sin precedentes. Esos cambios requerirán a su
vez nuevas formas jurídicas e institucionales que, entre otras cosas, los
hagan posibles. ¿Qué mejor entonces que conjugar la democracia representativa
que conocemos con formas de democracia directa, más creativas, más
participativas y me atrevería a decir que más legítimas? Sin embargo, la
izquierda habla poco de la remodelación jurídica e institucional –y por ende
de mentalidades- que su proyecto de país requeriría. Tal vez sea el momento
de empezar a pensar y a trabajar seriamente en ello. Hoenir Sarthou Abogado, profesor aspirante en
ciencia política y filosofía del derecho, Universidad de la República. Comentarios a vuelta de correo
a: |
hoenir_s@yahoo.com
|
|