Nº2 / Octubre 2004

 

El factor contexto y el factor contagio

 

Cómo cambiar a nuestros gobernantes

 

Un ejemplo sencillo. Supongamos que recién comimos un helado, y tenemos el papel del envase en la mano. ¿Dónde nos sentimos más proclives a tirarlo? ¿En una calle dónde hay ventanas con vidrios rotos, suciedad, y graffitis? ¿O en una calle limpia, con vidrios sanos y muros sin pintadas? Parece obvio que en la primera. Parece como que nos sentimos “menos mal” si ensuciamos algo que otros ensuciaron antes.

No quiero con este ejemplo dar lecciones de moral, ni discutir si los graffitis son suciedad, arte, o expresión del pueblo. Lo que quiero es detenerme sobre un aspecto en concreto y es que el simple hecho de que un lugar esté limpio genera un poder capaz de frenar la conducta de tirar el papel. Si yo tiro el papel ahí, siento que cometo una infracción. Si lo tiro en un lugar sucio “no”, o al menos “no tanto”.

En un libro titulado “El momento clave”, Malcolm Gladwell, explica la teoría de las ventanas rotas. “Si se rompe una ventana y se deja sin arreglar, la gente que pase por delante deducirá que a nadie le importa el asunto y nadie se ocupa de arreglarla. Al poco tiempo aparecen más ventanas con los cristales rotos, y en seguida el edificio afectado transmite cierta sensación de anarquía a toda la calle, con la consigna de que todo vale”. Según Gladwell “La teoría de las ventanas rotas y la del poder del contexto vienen a ser una misma cosa. Ambas se basan en la premisa de que se puede invertir un proceso epidémico con sólo modificar pequeños detalles del entorno inmediato”.

 

 

Estamos sentados en el ómnibus y sube un vendedor. Nadie compra. Y de pronto alguien se decide a comprar, y entonces varios lo hacen también. Estamos en una fiesta, y hay buena música, y sin embargo nadie baila. Hasta que alguien comienza a bailar.

 

 

Otros ejemplos. Estamos sentados en el ómnibus y sube un vendedor. Nadie compra. Y de pronto alguien se decide a comprar, y entonces varios lo hacen también. Estamos en una fiesta, y hay buena música, y sin embargo nadie baila. Hasta que alguien comienza a bailar. Y a partir de ahí todos lo hacen. Tendemos a no ingresar en un bar vacío, y sí ingresar en uno lleno. Estos ejemplos muestran algo que todos sabemos: que las personas se sienten más cómodas o seguras cuando actúan en grupo, y que necesitan que “alguien” dé el primer paso, para luego darlo ellos. Sucede también al revés: ciertos deseos latentes, como el de comprar golosinas en un ómnibus, bailar en una fiesta, o entrar en un cierto restorán, no se realizan o canalizan porque no apareció ese “alguien” que diera el primer paso.

Gladwell en su libro agrega un elemento más y es el de factor 80/20, o como dicen en el mundo de los negocios “el Pareto” (porque es tributario del análisis que Vilfredo Pareto hizo de las elites). Dice: “Los economistas suelen referirse al principio 80/20, que quiere decir que el 80 por cien del trabajo siempre lo realiza un 20 por cien de los implicados. En la mayoría de las poblaciones hay un 20 por 100 de criminales que comete el 80 por 100 de todos los delitos. El 20 por 100 de los conductores provoca el 80 por 100 de los accidentes. El 20 por 100 de los bebedores consumen ellos solos el 80 por 100 de toda la cerveza”.

 

 

Es hora de que los uruguayos empecemos a pensar desde abajo hacia arriba, a pensar en cambiar nosotros para que así cambien nuestros gobernantes.

 

 

Poder ciudadano y cambio

Existe una creencia popular de que el cambio social ocurre luego de ascender una escarpada montaña, en cuya cima está el poder. Si no se llega a la cima, no pasa nada o pasa poco. También predomina la idea de que se necesita conquistar a grandes mayorías para que el cambio sea posible.

Esta lógica está detrás de muchos planteos. Por ejemplo, cuando se propuso que si el Encuentro Progresista accedía al Poder Ejecutivo, pero no se obtenía mayoría absoluta en el Poder Legislativo, había que disolver las cámaras, porque de lo contrario iba ser imposible el cambio. Es una manera de pensar que no incluye a la gente. Es actuar pensando que la dirección del cambio es siempre desde arriba (las instituciones con poder) hacia abajo (la gente sin poder).

Recordemos lo que pasó en Argentina. De la Rúa accedió al poder con una mayoría abrumadora, incluso triunfó sin necesidad de segunda vuelta. Pero gobernó de espaldas del pueblo, y su gobierno terminó con un vuelo urgente en helicóptero. Kirchner llegó con una mayoría discutida, con algo así como un 20% de los votos, pero inició su gobierno en sintonía con las necesidades urgentes del pueblo, y ganó rápidamente legitimidad. Hizo lo que la gente pedía que se hiciera. Fue la gente la que expulsó De la Rúa y fue la gente la que legitimó a Kirchner.

El factor contexto y el factor contagio forman parte del poder ciudadano. Ambos muestran que el poder de la gente es mayor de lo que se cree y que nosotros mismos lo menospreciamos.

El contexto lo creamos cada uno de nosotros a diario. Si limpiamos el mate en el cordón de la vereda, no vale decir; “Pero che, no pasa nada”. Pasa. Lo que pasa es que el que viene atrás se siente “menos mal” si tira un papel. Por hacer algo en apariencia menor podemos desencadenar algo mayor, que luego se convierte en algo que nosotros mismos no podemos controlar. ¿Porqué no hacemos lo mismo, pero con signo positivo?

El contagio lo vivimos cada uno de nosotros a diario. Es común escuchar que si los otros hacen las cosas mal, nosotros somos unos imbéciles si las hacemos bien. Las personas no actuamos de a una en una, sino en grupos y, bajo la protección que estos nos dan, nos “damos manija” y nos convertimos en pequeños infractores, nos volvemos permisivos ante lo que nos menoscaba como colectividad. Copiamos lo que no nos sirve, nos contagiamos de las conductas facilistas y destructivas y después le reclamamos al “poder”, a alguien de “arriba”, que corrija la situación que nosotros mismos estamos alentando.

Es hora de que los uruguayos empecemos a pensar que el país que tenemos es, en gran parte, el que construimos todos los días con nuestros pequeños actos. A pensar que eso es un poder, que lo ejercemos aunque no lo queramos, y que nuestros actos inciden sobre el estado de ánimo y las actitudes de los que nos rodean.

Es hora de que los uruguayos empecemos a pensar desde abajo hacia arriba, a pensar en cambiar nosotros para que así cambien nuestros gobernantes. Es hora de que dejemos de esperar que alguien de arriba nos indique el camino, y desde abajo nosotros empezar a caminar. Es hora de que nosotros seamos los que contagiemos a nuestros gobernantes de que debemos, podemos y queremos cambiar.

 

Carlos Pacheco

Periodista. Hoy es editor jefe de una empresa de e-learning.

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