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N° 0 / Junio 2004
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Zona
Urbana y la ética periodística. Periodistas en la hoguera de sus vanidades Marcelo Jelen Las peleas entre periodistas o entre empresas periodísticas suelen ser un fastidio para el consumidor de noticias. No así para los contendores, que asumen sus rivalidades más nimias con una pasión digna de causas elevadas. Los medios de comunicación aprovechan las
oportunidades que se les brinda para ubicarse en el medio del escenario con
una frecuencia que va en proporción inversa a su calidad. Lo hacen con textos
en los que abundan las citas célebres, por lo que éste, para no ser menos,
reproduce aquélla de Gabriel García Márquez referida a su papel doble de
periodista y celebridad: “No quiero ser noticia. Quiero salir a buscarla.”
“Lo importante parece no ser lo que se hace, sino desde
dónde se hace”
Varios medios periodísticos
uruguayos se vieron inmersos en mayo en una serie de conflictos. Las fichas
en juego eran cuestiones tan pesadas como el plagio, la formulación de
invenciones como si fueran hechos o dichos ciertos, la difusión de
información sobre la vida privada de personas públicas, el derecho de
respuesta y hasta la lealtad personal. En casi todas esas discusiones se constató en los
actores y en los espectadores un enfoque que no es exclusivo del periodismo,
sino que tiñe cualquier otra actividad humana: lo importante parece no ser lo
que se hace, sino desde dónde se hace. No importa el acto, sino la posición.
No importa el trabajo, sino el cargo. No importa el significado, sino el
sentido, y si es de arriba a abajo, mejor. La consigna es llegar y permanecer.
¿Para qué? Es lo de menos. “El periodista está en este mundo para mostrar, no para
mostrarse”
Leonardo Haberkorn, editor
del semanario Qué Pasa, del diario El País, fue la excepción: escribió
desde el lugar del colega —y amigo— traicionado, pero aprovechó esas
emociones para exponer al público sus inquietudes profesionales. Democratizó,
de ese modo, discusiones que suelen darse entre periodistas de manera
reservada. Pero, por el otro lado: Ignacio Álvarez y Gustavo
Escanlar se ubican en una posición a la que consideran envidiable. Son
conductores de un espacio televisivo acompañado por la audiencia. Son la cara
más visible de Radio Sarandí y
beben del Santo Grial de Néber Araujo, Jorge Traverso y Ruben Castillo. Pero
cometieron un pecado capital en periodismo: el robo del trabajo de un colega,
documentado por Haberkorn de manera incontrastable. En el caso de Escanlar,
eso se combina con otro anatema profesional: la mentira. Sólo atinaron a
justificar esas conductas mostrando convicción —ésta sí, envidiable— en la
inteligencia propia y la estupidez de los que piensan distinto. Federico Fasano aceleró en
una carrera inexistente. Marginado de una de las raras polémica periodísticas
de este país que no lo tenía como protagonista, reprodujo (y amplificó)
groserías dirigidas por Álvarez y Escanlar a Sonia Breccia y China Zorrilla.
No lo hizo en formato noticioso, sino de campaña: tardó en informar sobre
dichos que habían escuchado miles de personas varios días antes, y apeló a
declaraciones condenatorias extraídas a figuras de diversos ámbitos. En medio
de la andanada, se colaron, con el seguro aval de Fasano, varias invitaciones
a la censura y pocas invocaciones a la acción judicial. Gerardo Sotelo, otro
conductor de Radio Sarandí y de Canal 10, atacó a Fasano en defensa
de sus compañeros. En medio de una serie de argumentos certeros basados sobre
la libertad de expresión, consideró que en los comentarios de Álvarez y
Escanlar sobre Breccia y Zorrilla “el honor de las imputadas nunca fue el
tema en cuestión, y por lo tanto nunca fue mancillado”. Pero el honor es algo
subjetivo, y no corresponde a Sotelo, sino a las afectadas, establecer si
resultó afectado. Aunque eso se diga desde el lugar de un célebre conductor
de radio y televisión. No se puede jugar de los
dos lados del mostrador al mismo tiempo. El periodista está en este mundo
para mostrar, no para mostrarse. El tiempo de los medios de comunicación
electrónicos y la superficie de papel de la prensa son finitos. Por eso, cabe
la pregunta: ¿de qué dejan de informar los medios cuando se concentran en el
costado más miserable de sí mismos? Marcelo Jelen Periodista. Integra desde 1994 la mesa de edición
en español de la agencia IPS. Comentarios a vuelta de correo a: |