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N° 0 / Junio 2004
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Eran tiempos de censuras y sanciones contra
la prensa... y entonces no pensaba que las viviera en carne propia. Tuve la
oportunidad de viajar primero a Concordia, donde Wilson hizo un discurso
extraordinario, por lo emotivo y lo radical. Luego, pude llegar a Buenos
Aires y meterme en el Mar del Plata II. No recuerdo si alcancé a escribir
aquella crónica: primero, porque no estaba permitido y, segundo, porque
recién días después empezaría a salir La
voz de la mayoría, donde, por una nota en su primer número, terminé preso
(el 27 de junio ya hace 20 años que fuimos procesados junto a Alexis Jano Ros
y acompañamos a Julián Murguía de La
Democracia en la Cárcel Central) Ese artículo (malos tratos a presas
políticas en Punta Rieles) me otorgó el raro privilegio de ser el último
procesado de la justicia militar y el primero de la lista de amnistiados de
la democracia (solo un día después de la Ley de Amnistía, el 4 de marzo de
1985, iba a ser sobreseído)... Lo cierto es que aquel viaje fue histórico.
Cientos de personas envueltas para regalo si la dictadura se decidía a
meternos a todos presos. Pero la realidad es que las presiones internas y
externas eran muy fuertes. Sólo días antes, el 7 de junio, el general Hugo
Medina había asumido como comandante en jefe del Ejército en lugar del
general Pedro Aranco. El Goyo Alvarez era el presidente de la República, pero
ya le estaban "haciendo la despedida". Alguna vez investigué
aquello y supe que Medina (al cual habían tratado de “eliminar” con el
asesinado de Vladimir Roslik cuando era el comandante de la División Ejército
III) ya había arreglado con Julio María Sanguinetti que las elecciones se
harían sin el general Líber Seregni, sin Wilson y más allá de lo que quisiera
hacer el propio Gregorio Alvarez (días después del regreso de Ferreira, el
Goyo amenazó con suspender las elecciones, pero su poder se estaba cayendo).
Uno de los que hacia fuerza para que cayera era Raúl Alfonsín desde Buenos
Aires, donde Wilson recibió honores de jefe de Estado al ser despedido. Otros
eran los propios yankis, quienes desde la Embajada de Montevideo
"operaban" con políticos, militares, periodistas y agentes
económicos. Aquella noche en el Mar del Plata II fue
tensa. Luego de la emoción de la partida pasamos al silencio del mar. Hacía
frío. Algunos dormían en sillones o escaleras. Un grupo nos fuimos al salón
del Bingo (la boite) y nos pusimos a cantar y jugar al truco. Hasta Gonzalo
Aguirre se cantó unos tangos. Cuando avanzaba la medianoche, ya quedábamos
pocos. Recuerdo a Pablo Estramín, Germán Araújo, Carlos María Fosatti, Juan
Peyrou, Pablo Iturralde, Raúl Castro, Jorge Pasculi, Gerardo Sotelo, Silvia
Kliche, entre otros del círculo en el que yo quedé truqueando. Pasculi perdió
un partido y se paró a fumar. Se asomó a un ojo de buey y pegó el grito:
"¡Estamos rodeados!". Todos nos paramos y fuimos a confirmar que
varios guardacostas acompañaban el viaje del Mar del Plata II. Era la Armada
argentina que nos guió hasta el límite jurisdiccional. Entonces, se
comunicaron por radio con el capitán Rojas y le desearon buena suerte.
Quedábamos en los brazos del destino. Pasaron unos minutos de soledad en el
mar. Amanecía con niebla, cuando en el horizonte apareció otro grupo de
barcos de guerra. Eran los uruguayos. También nos rodearon. Comenzó un diálogo
radiofónico que terminó cuando la Patrulla U70 se acercó y dos oficiales y un
par de hombres rana subieron a una lancha de prefectura y abordaron el barco.
Wilson estaba en la proa, a babor, y ellos
abordaron por la popa. Uno de los periodistas argentinos (quienes entonces ya
ejercían mayor libertad de prensa por el regreso a la democracia) corrió
hacia Wilson para confirmarle que nos habían abordado. - "¡Wilson!, ¡Wilson!...¡Oficiales
uruguayos han abordado el barco!", le dijo con voz grave. "¿Qué
tiene que declarar?", agregó, mientras le apuntaba con su grabador. - "¿Usted me está diciendo que oficiales
uruguayos bajaron de aquella nave, subieron a ese barquito y treparon al Mar
del plata II?", le repreguntó Wilson. - "Sí, Wilson, sí, ¿qué tiene que
declarar?", insistió por su exclusiva. - "Y... ¡que los felicito por la
pirueta, m`hijo!", respondió aquel personaje político, para provocar la
risa de todos los presentes. Después vinieron las negociaciones en el
camarote. Un intento de desviar el barco hacia Punta del Este, porque una
multitud se había acercado al puerto, permitió ver una maravillosa reacción
desde tierra, cuando cientos de personas comenzaron a hacernos señales con
espejos. Nosotros, devolvíamos la señal con lo que podíamos. No hubo cartera
de dama que no fuera dada vuelta para encontrar algún espejito. También
comprobamos que los vasos de escocés (hubo mucho escocés aquella noche)
también permitían el reflejo si tenían hielo adentro... Así que muchos fuimos a cargar los
vasos... En la puerta del camarote en el que
negociaban Wilson, el capitán Rojas, Juan Raúl Ferreira y el entonces Capitán
de Navío Carlos Gianni (hasta febrero último fue comandante en jefe de la
Armada del gobierno de Jorge Batlle), los periodistas nos empujábamos para
tratar de escuchar algo. Probamos con la oreja en la puerta, con una copa,
con de todo un poco... Hasta que aparecieron dos holandeses que no hablaban
nada de español y sacaron de su equipo (el más moderno, por cierto) un gran
"chupete" (parecido al que se utiliza para grabar conversaciones en
los teléfonos) y lo instalaron en la puerta. Pudimos escuchar algunos
rezongos de Wilson, pero nada concreto. En pocos minutos salió alguien y nos
descubrió. Ahí fue que Gerardo Sotelo le dio un grabador a Raúl Vallarino
(hoy director de la Biblioteca Nacional quien estaba en la reunión como
organizador del charter) y le pidió que registrara lo que pudiera de aquella
histórica conversación. Los datos que teníamos había que trasmitirlos
a Buenos Aires o Montevideo, pero estábamos en un punto ciego. Ni el Motorola
de El Espectador ni el equipo de Radio Mitre llegaban a alcanzar sus
bases. Había un técnico de El Espectador (el negro Maurente, creo que le
decían) que -muy a la uruguaya-, terminó por desarmar los dos equipos, hizo
uno solo y con él pudimos llegar a trasmitir a Montevideo. Pero no había
ninguna radio que pudiera sacar la información al aire, así que desde esa
radio (no recuerdo cuál) se informaba a Reuters (Roy Berocay), UPI (Zelmar
Lissardy) y DPA (Alberto Zenga) quienes informaban al mundo lo que ocurría en
el Mar del Plata II. Luego vino el desembarco. No queríamos que Wilson y JR
se entregaran, pero las cartas estaban dadas. Fue el momento del famoso giro
de Wilson y sus manos con la señal de la victoria. Todos cantamos el himno
nacional con la emoción con la que pocas veces lo he vuelto a entonar...
Pero, cuando se llevaron a Wilson y su hijo en los helicópteros (otra jugada
interna de los militares aperturistas que no lo entregaron a un sector duro
del Ejército), nosotros quedamos “regalados como perejil de feria”, al decir
de uno de aquellos pasajeros. Primero nos iban a hacer bajar de a uno,
tomarnos los datos y meternos presos. Enfrente se formó todo un pelotón de
Prefectura armado a guerra. Pero alguien dijo, para sorpresa de los servicios
de inteligencia que obviamente venían con nosotros en el barco, que no
diéramos ningún dato y nos resistiéramos. Muy a lo blanco, si me permiten,
pero dio resultado. Empezamos a bajar en forma incontenible y vino una
contraorden para guiarnos hacia el portón de la calle Yacaré, frente al
Mercado del Puerto y dejarnos salir sin anotarnos... Pero ahí recién empezaba la cosa. Habíamos
quedado fuera del puerto, pero atrás de las tanquetas que impedían a los civiles
llegar hasta la rambla. Cuando cuatrocientas personas aparecieron como una
columna detrás de los tanques, se armó el caos. Los soldados no habían sido
informados de que nosotros salíamos y se encontraron con una manifestación a
sus espaldas. Giraron las torretas con cañones y metrallas.
Pensé que de esa no salíamos. Pero, otra vez alguien lúcido dijo una frase
que tantas veces debe haberse escuchado a lo largo de la historia:
"Rajemos!!!", gritó, e hicimos un desbande. No recuerdo cómo, pero
pasé para el otro lado de las tanquetas y con tal fortuna que me encontré con
el viejo volkswagen rojo de Ernesto de los Campos, que hacía de móvil de Convicción. Lo manejaba Carmen
Tornaría (entonces cronista de Educación del semanario clausurado) y en él
iban Alex, la esposa del “Ratón” De los Campos y mi esposa Sara. Les pegué el
grito, pero no había posibilidad de nada con una tanqueta que andaba
correteándolas. Recién nos pudimos encontrar
frente al Banco Central del Uruguay, cerca de donde hoy funciona Brecha (que
Hugo Alfaro comenzaría a germinar meses después desde el suplemento Chasque
del diario Tiempo de Cambio). No
recuerdo dónde fuimos a tomar un cortado, pero tengo en el paladar a aquel
café con leche como uno de los más sabrosos de mi vida. Tenía sabor a
dignidad y aroma de libertad. Roger Rodríguez Periodista. Ha integrado
múltiples medios de prensa desde hace más de 20 años. Comentarios
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