N° 1 / Agosto 2004

 

La disociación uruguaya

entre “ser” y “deber ser”

 

 

Credence Clearwater Revival

Hoenir Sarthou

 

Pongámonos de acuerdo en algo. Los cambios, cuando son profundos, duelen y dan trabajo. Está en la naturaleza de la vida. Crecer y aprender, amar y olvidar, fracasar y empezar de nuevo son  cosas que duelen y dan trabajo. Si esto es verdad en la vida privada, ¿por qué no habría de serlo en la pública?

Y pongámonos de acuerdo en otra cosa. Los cambios voluntarios tienen requisitos. Entre ellos: 1) identificar con sinceridad la situación que se desea cambiar; 2) decidir en qué sentido se la quiere cambiar; 3) adoptar medidas eficaces para producir el cambio y,  4) estar dispuesto a asumir los costos del cambio.

A la luz de esas premisas, y contrariando lo que afirman muchos analistas políticos, a veces dudo que los uruguayos –cualquiera sea la generación a la que pertenezcamos- estemos dispuestos a cambiar. Veamos algunos ejemplos que ilustran esta afirmación.

 

Tal vez los uruguayos de todas las generaciones nos hayamos

habituado a la esquizofrenia, a vivir escindidos.

 

Hace pocos meses tuvimos la posibilidad de cambiar la forma en que actuamos ante el aborto. Más allá de eufemismos legales, lo que estaba en cuestión era la despenalización, en ciertas circunstancias, de una conducta sumamente frecuente que, en los hechos (las estadísticas cantan), nuestra sociedad prácticamente ha dejado de castigar. No me propongo replantear aquí el fondo del asunto. Me interesa señalar la solución que adoptamos: dejar todo como está. El aborto sigue penado, aunque se realice por miles cada año, aunque nadie denuncie su realización, aunque la ubicación de las clínicas “clandestinas” sea un secreto a voces, aunque la policía por alguna razón pretenda no verlas y los jueces hagan la “vista gorda” para no procesar a la mujer que aborta. ¿Tiene sentido? ¿Hay algún misterioso equilibrio que se mantiene con esa actitud dual? Sinceramente lo ignoro. Pero los hechos están ahí.

Lo mismo ocurre con las drogas. El consumo crece cada día. Las ganancias de las mafias, que las producen y trafican, crecen también geométricamente. Por otra parte, la represión es funcional al negocio; lejos de reducir el consumo o el tráfico, eleva los precios, limita la competencia, vuelve al consumo un desafío tentador, compromete las libertades públicas y, al posibilitar que los represores reciban su tajada, corrompe las instituciones. Sin embargo, ningún político en su sano juicio (Batlle lo planteó hace unos años) propone despenalizar la producción y tráfico de drogas. ¿Miedo? ¿Hipocresía? ¿Una prudente sabiduría que tolera en secreto lo que prohibe en público? No lo sé. Pero los hechos están ahí.

 

Sospecho que los cambios sobrevendrán cuando decidamos sincerarnos, vernos tal cual somos, cuando decidamos qué cosas queremos cambiar y cómo. Cuando resolvamos actuar y estemos dispuestos a pagar el precio.

 

Lamentablemente, los ejemplos no se agotan con el aborto y las drogas. Áreas vitales para la vida social se encuentran al borde del caos. La salud, la enseñanza y el Poder Judicial son hoy –y no sólo por razones económicas- meras parodias de sí mismas. Sin embargo, médicos, docentes y abogados fingimos cumplir nuestra tarea como si la misma fuera posible en esas condiciones.

 

¿La patria o la tumba?

Sospecho que tantas contradicciones no son casuales. Tal vez los uruguayos de todas las generaciones nos hayamos habituado a la esquizofrenia, a vivir escindidos: por un lado mantenemos el plano formal, el de cómo supuestamente las cosas deberían ser; y por otro lado vivimos el plano de lo real, el de cómo las cosas realmente son. Lo cierto es que en demasiados temas tenemos una norma formal, en la que nadie cree y que no se aplica, y por otro lado una solución fáctica, generalmente ilegítima, que sí se aplica y por la cual se regula la vida cotidiana. Curiosamente, los dos regímenes conviven sin molestarse. Así, ¿para qué tomarnos el trabajo de modificar una ley injusta, si podemos simplemente incumplirla? ¿Para qué derogar un impuesto absurdo, si podemos no pagarlo? ¿Para qué exigir que los organismos públicos funcionen como deben, si tenemos un amigo que nos “apure” el trámite? Sospecho incluso que esta actitud, más que un hábito, es ya parte de la idiosincrasia nacional. Probablemente sea el verdadero trasfondo de la “viveza criolla”.

El doble discurso tiene tal magnitud que prácticamente se enseña en escuelas y liceos. Quizá lo que voy a contar parezca menor, pero es significativo. Hace poco fui a ver cómo mi hijo juraba fidelidad a la bandera. En la ceremonia, pomposa pero fría, el director del liceo engoló la voz y les preguntó a los chiquilines de primer año: “¿Juráis defender esta bandera, y lo que ella representa, con el sacrificio de la propia vida si fuera necesario?” Los chiquilines contestaron a coro: “¡Sí. Juro!”. Los padres aplaudimos y alguna madre hasta enjugó una lágrima con el pañuelo. Sin embargo, ¿cuántos uruguayos estamos dispuestos a morir por la bandera? ¿Y a permitir que nuestros hijos mueran por ella? ¿Qué sentido tiene hacerles jurar a los chiquilines algo que no sienten ni están dispuestos a cumplir, algo que tampoco los adultos sentimos ni estamos dispuestos a cumplir? Es, otra vez, la escisión entre lo formal y lo real, entre el discurso y la vida.

Lo asombroso es que vivimos esa dicotomía sin grandes conflictos aparentes. Alguna vez me tocó ver la extrañeza que nuestra duplicidad causa a ciertos extranjeros, por ejemplo a los suecos, para quienes el mundo del “ser” y el del “deber ser” casi parecen no diferenciarse.

 

Mentime que me gusta

Nuestro país enfrenta hoy problemas que ponen en entredicho su propia existencia. Una deuda externa impagable; un ejército inútil que consume buena parte del presupuesto; una relación insostenible entre la población laboralmente activa y la pasiva. Por no mencionar el desconcierto respecto al camino económico que debemos seguir: ¿exportar carne, cuero y lana?, ¿desarrollar la agroindustria?, ¿exportar bytes?, ¿producir “delicatessen” para sofisticados “nichos” de mercado en el exterior?, ¿jugarnos al “Uruguay natural”?, ¿ingresar al ALCA?, ¿negociar de igual a igual con los países del primer mundo?, ¿ser la oficina del Mercosur?, ¿subirnos al ómnibus de Brasil?, ¿conectarnos con las economías orientales?, ¿abrir más casinos y apostar nuestros dos escasos meses de verano al turismo?, ¿todo ello junto?

Desafío a cualquier lector a encontrar no ya una respuesta sino un planteo descarnado de estos problemas en el discurso de los candidatos que participarán en las próximas elecciones. Estoy seguro de que encontraremos en ellos promesas de renovación, cantos de esperanza, la ilusión de que volveremos a ganar en Maracaná, pero ningún planteo desagradable. Nadie nos dirá –no soportaríamos que lo hicieran- que deberemos sufrir más, pasar más necesidades, acostumbrarnos a administrar mejor nuestra pobreza y tomar algunas decisiones heroicas ¿Qué ocurre? ¿Nos mienten nuestros líderes? Quiero creer que no. Al menos no más de lo que nosotros mismos, devotos del doble discurso, les exigimos que lo hagan.

En una democracia, para bien o para mal, los dirigentes políticos son expresión de su pueblo. En la medida en que deben convencer a la mayoría de los votantes, están obligados a decir lo que éstos quieren oír, lo que termina por convertirlos en una fotografía de la sociedad que aspiran a dirigir. En ese sentido –y sólo en ese sentido- los pueblos suelen tener los dirigentes políticos que se merecen. Por eso, cuando nos moleste ver que ciertos candidatos sonríen y “sanatean” por televisión, quizá debamos recordar que, mal que nos pese, son un reflejo de nuestro rostro colectivo.

 

Claro como el agua

Vuelvo al asunto del principio. ¿Los uruguayos realmente queremos cambiar? Si es así, ¿por qué odiamos las decisiones “difíciles”? ¿Por qué admitimos –y en el fondo propiciamos- que en plena campaña electoral nuestros líderes esquiven temas como el aborto, las drogas, la deuda externa, el ejército, el futuro de las jubilaciones o el modelo económico y la inserción geopolítica que debe adoptar el Uruguay? ¿Por qué terminamos por convertir la lucha electoral en una competencia casi deportiva por el poder?

La respuesta, aunque dura, es sencilla. Quizá, más allá de nuestra disconformidad con el presente, no tengamos demasiado claro hacia dónde queremos ir y, sobre todo, no estemos del todo dispuestos a asumir el dolor y el esfuerzo que los cambios implicarían. En el fondo, tal vez los dirigentes políticos no sean responsables de que hasta ahora las cosas no hayan “cambiado”. Me pregunto si año a año y elección tras elección no les reclamamos lo imposible, un acto de magia: que nuestras vidas mejoren sin dolor ni esfuerzo, sin renunciar a nada y sin arriesgar nada.

Tal vez sea hora de dejar de poner la carreta delante de los bueyes.

Sospecho que los cambios sobrevendrán cuando decidamos sincerarnos, vernos tal cual somos, cuando decidamos qué cosas queremos cambiar y cómo. Cuando resolvamos actuar y estemos dispuestos a pagar el precio.

Todo esto viene a cuento porque muy pronto deberemos aprobar o rechazar un cambio de vital importancia.

En octubre, además de elegir presidente, decidiremos el futuro de las reservas hídricas de nuestro territorio.

No es un tema fácil, porque el agua es en el mundo un recurso escaso, codiciado por poderosos intereses transnacionales. La decisión de prohibir constitucionalmente su privatización puede generarle al país enemigos y aparejar represalias, además de no asegurar por sí sola el buen uso del agua. Pero será una señal inconfundible, democráticamente dada, de nuestra voluntad de autodeterminarnos y de preservar nuestro futuro. En cualquier caso, se trata de un cambio trascendente, cuyos efectos se proyectarán probablemente en el tiempo, afectando incluso el destino de generaciones que aún no han nacido. Por eso no es sólo tarea de dirigentes políticos, sino de la sociedad civil. Es decir de todos.

Resta esperar que decidamos a conciencia y –lo que a la luz de nuestros antecedentes es aún más importante- que seamos luego consecuentes con la decisión tomada.

 

Hoenir Sarthou

Abogado, profesor aspirante en ciencia política y filosofía del derecho, Universidad de la República.

Comentarios a vuelta de correo a:

hoenir_s@yahoo.com

 

 

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