Nº 4 / Abril 2006
Uruguay de las ideas
Memoria y Balance de una visita de Michael Hardt
(Uruguay, 04-07/12/05)
Mauricio Langón
Aprovecho un pedido de Agustín
Courtoisie de comentar algo de la reciente visita de Michael Hardt para hacer
una breve memoria y balance de esa visita. Porque, justamente, si uno quiere
que las ideas se discutan y repercutan y se trabaje sobre y con ellas, no hay
que quedarse (como uno suele hacer) en el aprovechamiento del “tiempo fuerte”
de un encuentro. Hay que trabajarlos después y dejar alguna continuación...
No tiene sentido distinguir
méritos y deméritos entre coautores como Hardt y Negri que llegaron juntos a
una fama muy superior a la que uno de ellos tenía de antes, por una larga y
movidita trayectoria (Negri), mientras que el otro (Hardt) era un perfecto
desconocido. De hecho, me metí en el tema de las coautorías por un comentario
de Agustín. Así que empiezo con eso.
Obviamente en las coautorías
pueden pasar potenciaciones (y también lo contrario). En este caso, me parece
claro que no fue una mera “suma” de ambos, sino mucho más. No lo fue del punto
de vista del impacto de la(s) obra(s). No estoy seguro (no soy conocedor de las
obras) que “Imperio” haya significado aportes teóricos superiores a los del
Negri anterior. Más bien me parece que inició otro camino de “otro” autor:
Hardt-Negri. Me parece que la obra supo sintetizar intuiciones y pegar en el
momento exacto, más allá de sus agujeros, de varias insatisfacciones que deja,
y de las debilidades diversas que se pueda encontrar en ella.
No descarto que buena parte de
esa “pega” haya sido por Hardt. Y en principio no compartiría una comparación
Negri+obras conjuntas / Hardt. No me parece “justa” y no me parece que permita
comprender el “fenómeno” Hardt-Negri.
No son Marx y Engels. La
comparación en ese sentido que algunos tiran (y que me parece que no disgusta
demasiado a Hardt) es absurda. Ni se proponen lo mismo, ni son amigos coetáneos,
ni coterráneos, ni previos compañeros de lucha. Por otra parte la comparación
fácilmente se desliza a ver en “Imperio” un “El Capital” actual. Pero “El
Capital” es un monumental esfuerzo teórico (personal) por entender a fondo en
el marco de un proyecto (irrealizado) mucho más abarcador; e “Imperio” es obra
conjunta mucho más leve, más bien de índole hipotética (o tética), un esquema
introductorio a desarrollos y profundizaciones futuros, que parece querer
abarcar muchísmo desde algunas ideas, recurriendo a un aparato científico, cuyo
rigor y “solidez” no pueden compararse con el trabajo de Marx. Querer comparar
obras y personas de contextos tan disímiles implica otras insensateces donde no
entraré.
Hardt
relató cómo llegó a Negri en su búsqueda personal. Y es creíble. También cuenta
cómo buscó expresamente conectarse con él, conocerlo personalmente. El proyecto
de trabajo conjunto tiene que haber sido hardtiano. Es decir, de una persona de
una generación “comunista” norteamericana que busca “interpretación” y
“transformación” de la realidad actual, en la versión de un italoamericano que
busca sus referentes en Italia (y en Francia; digamos, en la filosofía
“continental”). Si salió de diálogos entre ambos, sin duda éstos fueron
buscados insistentemente por el norteamericano.
De cualquier modo, lo que en la
colaboración de ambos se encuentra es algo bastante original, que no me parece
reductible a uno de ellos.
Porque
ahí se encuentran dos “generaciones”. Esto no es importante por la diferencia
de edad en sí, sino:
-
Porque de algún modo es la relación
maestro-discípulo, de manera más bien no habitual. No es el modo de la
“continuidad” como “escuela”, mera “repetición”, “ruptura”, “superación” o
“profundización”; sino el modo expreso de la colaboración entre ambos; el de
crear algo “nuevo” con la participación de “maestro” y “discípulo”. No quiero
subrayar con esto jerarquías o dependencias: quiero subrayar lo excepcional e
importante del logro de una colaboración exitosa sobre este tipo de bases.[1]
-
Porque el motivo de la colaboración es proceder al
análisis conjunto de los cambios sustantivos ocurridos en los veinte o treinta
años que los separan y los unen; y hacerlo desde experiencias (intereses,
biografías, etc.) marcadamente diferentes.
Y
porque ahí se encuentran también dos diferentes “problemáticas” (en el sentido
de conjunto de problemas) desde dos diferentes “subjetividades”,
“perspectivas”, raíces culturales, situaciones, etc.
Quiero
interpretar que la voluntad central de hacer la obra conjunta es hacer una obra
que, por la diferencia de ambos -que sólo parecen compartir identidades
disciplinares y políticas generales- tenga chance de ser más “universal”, o
menos “unilateral”; una obra que sea “dia-logal” (en el sentido estricto de
avanzar a través de diferentes “logos”), de modo que su aporte o mensaje a)
pueda de algún modo superar una visión meramente individual, grupal o
sectorial; b) pueda de algún modo llegar “a todos” o, al menos, a muchos.
Sabiendo
además que toda esa apertura sólo tiene sentido si también se sabe proyecto
imposible, porque limitada y parcial. Y, en ese aspecto, lo que me pareció lo
mejor de Hardt: su constante deseo de escuchar(nos) -que rara vez le fue
contestado-, su “modestia”, su reconocimiento de límites, fallas, debilidades,
etc.
Y el principal “malentendido”
de casi todas sus actuaciones públicas: preguntas que buscan profundizar en
puntos oscuros y fallas, o que buscan descalificar globalmente el planteo, o
que buscan su “aplicación” a casos concretos..., lo que induce respuestas
defensivas, pide el “cerramiento” del sistema, sugiere que el autor sea capaz
de hablar sobre todo y pronunciarse sobre cada cosa... En otros términos: se le
pide “sistema”. Y ese preguntar lleva a respuestas que efectivamente tienden a
cerrarse en un sistema... débil.
De
modo que advertí una fuerte tensión entre la apertura y conciencia de sus
limitaciones de Hardt (lo más valioso) y su transformación en un impacto
mediático que pone a todos en relación con un “sabio” al que poco menos que se
adora, o al cual se le exige “infalibilidad”; y pareciera que, o se debe seguir
adorándolo (y dependiendo de cada palabra que caiga de su boca) o se lo debe
“desenmascarar” mostrando sus debilidades e inconsistencias y, en última
instancia, descalificándolo porque no es el maestro infalible cuya palabra nos
salvará. (De paso uno se dest
Sí, “aquí hay masa crítica de gente pensante,
desde hace rato” (Courtoisie). Mostrar eso es importante, pero la tarea
incluye trampas no fácilmente eludibles. No me gustaría que apareciéramos como
enanos creando gigantes que resulten fácil blanco de sus hondas para jactarse
de ser davides. Ni me gustaría que una vez más ni nos animáramos a discutir con
un “famoso” achicándonos hasta desaparecer...
Creo que el amigo Michael es
“simpático”, porque se la pasa mostrando que es un hombre de carne y hueso;
nada más ni nada menos.
Un
hombre que, sumando lo tano y lo yanqui en el mejor sentido de ambos términos,
no logra dar con la clave latinoamericana. No puede. La cosa lo supera, qué le
vas a hacer... Pero sabe claramente que algo se le escapa. De ello quería
hablar él. En la reunión del Parlamento era claro que quería escuchar nuestras
voces. Que quería ser él el preguntón... Quizás porque imaginó otro auditorio
(con parlamentarios y pensadores, principalmente). Salvo excepciones, no
respondimos... Y el espacio creado no daba para el diálogo. Cuanto mucho para
la demostración de que hay otras perspectivas (creo que fue el caso de la
intervención de Ricardo Viscardi) y que, en otra ocasión, no sería vano el
debate.
Mi
primer contacto con Hardt fue un asadito (con Tannat) en casa en grupo chico
(Nucha, Marcelo Rossal, César Barreto, Hardt y yo; creo que nadie más). Y eso
ya crea un ambiente lindo. No tomé nota, claro, de las divagaciones de esa
noche. Pero el asunto de la “simpatía” era muy claro. También la conclusión de
su vastísima cultura y de su sencillez.
Algunas
cosas nos llevaron casi a ver en este yanqui (que no gusta de los chinchulines
que ya había probado en algún lado; pero que sí gozó de la buena carne, las
mollejas y el vino) un “latino”, un sud
Después
fue el encuentro en el Edificio Anexo del Palacio Legislativo. Fue por
invitación. Se buscaba un grupo diverso pero pequeño, representativo de muchos
campos del pensamiento y de orientaciones diferentes, con la intención de un
buen diálogo “mano a mano”. La sala concedida no era para eso: un muy formal
anfiteatro. La gente invitada incluía legisladores (y era en su casa): por una
u otra razón no fue ninguno.
Ahí
Michael Hardt no hizo (como se esperaba) una pequeña presentación de lo suyo
para lanzar el debate, sino que trató de que la gente le dijera cómo se veía la
cosa desde Uruguay.
Anoté que dijo algo así como
(copio mis notas que no son textuales ni mucho menos): “No me gusta el
intelectual como guía. No acepto la diferencia entre el intelectual (que
piensa) y el activista (que hace). No divido entre pensadores y practicantes”.
Todas esas fórmulas me parecen
buenas. Y, coherente con ello, el querer escuchar. Hecha la “puesta entre
paréntesis” que proponen esas negaciones, lo que debería quedar son ideas a
discutir entre todos (intelectuales y activistas, pensadores y practicantes)
sin guías. Por supuesto: para escucharlas así, hay que leer las dos primeras
(en singular) desde la última (en plural), para que quede en primer plano el
debate de ideas, que es también un debate de prácticas.
Me dio la impresión de que la
peripecia vital de Hardt se entiende desde el problema de un
Es la cuestión de la
“producción inmaterial”, de las viriles y potentes potencialidades de la
virtud, el virtuosismo y lo virtual que, más allá de aparentes juegos de
palabras, parecen estar descubriendo dificultosamente que las ideas (y todo ese
mundo intangible de lo virtual), “tienen
la virtud de cambiar el orden de las cosas” (Ricardo Viscardi dixit). (Que
de eso se trata, y no de cambiar “las cosas”).
Apenitas esbozada estuvo la
cuestión en el breve intercambio con Viscardi cuando aludió a la tesis 11 sobre
Feuerbach. Habría que tener claro que se trata de la transformación del mundo,
desde adentro del mundo, en el mundo; no de su mera “interpretación”: aquella
que no lo transformaría.
Lo más
armado que hizo Hardt fue su exposición central en el Paraninfo. Se la trajo
escrita en español (lo que ayudó mucho, porque, aunque maneja bien el idioma,
se nota el esfuerzo que hace) y la había testeado antes en Buenos Aires y en
algunas entrevistas. Creo que se debe entender como un serio esfuerzo de
difusión de las ideas centrales de “Imperio” y “Multitud”, es decir, de
Hardt-Negri.
El “imperialismo”, concebido
como la dominación de un estado-nación, no es adecuado para pensar la situación
actual. En consecuencia, tampoco es adecuada una estrategia de lucha centrada
en la “liberación nacional”.
Por diversas causas (una de
ellas, las luchas de liberación) los Estados Unidos de América ya no están en
condiciones de mantener el “orden global”. No es que se pase de un mundo
unipolar a un mundo multipolar (como quiso Huntingthon en algún momento);
menos, que estemos ante el fin de la dominación y la explotación. Es el paso de
una forma de dominación a otra, una nueva forma de gobierno global, en “redes
que colaboran”. Llaman a esto Imperio, que estaría en gestación, como
tendencia. Es la forma de gobierno adecuada a un capitalismo global. Como red
para mantener el orden global, el Imperio no implica igualdad entre las partes (Estados
Unidos sigue siendo hegemónico en lo militar, lo económico y lo político).
Hardt establece una analogía entre esta forma y la colaboración entre monarquía
y aristocracia en cierto momento de la historia política occidental.
Me parece que lo principal de
esta propuesta descriptiva está en llamar la atención hacia la idea de red
como articulación de una dominación global en el marco de una sociedad de
control. Este “apuntar” me parece muy positivo así como también el recurso
a Deleuze-Guattari que está detrás (o delante). Sin embargo el aparato
conceptual deja (¿todavía?) que desear.
Un primer camino que marca
debilidades me parece que está en los términos empleados para definir los
conceptos centrales que se debilitan aún más en las discutibles analogías que
se establecen con momentos de la historia occidental. Hablar de Imperio puede
ser impactante, pero la propia fuerza del término proviene de una carga muy
definida relativa a experiencias históricas del pasado que no parecen tener que
ver con la situación que se quiere describir (Roma, Napoleón, Victoria...).[2]
En la tradición decimonónica “imperio” está ligado estrechamente a
Estado-nación. Por tanto parece claro que habría que inventar un término nuevo,
para evitar comparaciones odiosas. Por otro lado, el concepto de “imperialismo”
(más allá de su uso como cliché), justamente es acuñado en
contraposición a esas visiones nacionales, y en relación a formas de dominación
económicas que van más allá de la “riqueza de las naciones”. Y su contrapartida
no es (o no es sólo) la lucha por la liberación nacional de pueblos o naciones
sojuzgadas, sino también un internacionalismo anticapitalista y
antiimperialista, socialista y comunista. Por supuesto, los términos se pueden
resignificar, pero siempre queda un “arrastre” que en este caso dificulta (me
parece) una conceptualización adecuada para pensar la actualidad.
La comparación de la situación
actual con la alianza entre monarquía y aristocracia, si está bien acotada,
puede servir como estrategia didáctica para hacer entender mínimamente la idea
básica (a quienes tengan suficiente formación histórica). Pero incluye al menos
dos debilidades fuertes: a) que ese régimen de alianzas justamente no dio
históricamente lugar a “imperios”, ni a algo análogo a una “red”; y se da entre
entidades de índole similar jerarquizadas sobre un mismo plano de racionalidad
(digamos, sobre la estructura del sistema feudal); mientras que el “imperio”
hardtinegriano incluye naciones, empresas, organismos internacionales, etc.,
“entidades” muy disímiles, de génesis muy diversa y que no pueden ser
jerarquizadas en un mismo plano; b) que la alianza aristocracia-monarquía está
pensada desde entidades históricas claramente (pre)definidas y claramente
delimitadas en sus intereses de modo de hacer posible un régimen racional de
alianzas entre entidades que sustantivamente no cambian los modos de relación
básicos, en un plano que yo llamaría “geopolítico”. No es el caso del
“Imperio”, cuya constitución tiene otra génesis, cuyas entidades tienen otra
entidad y en el cual las culturas, la comunicación, la guerra y la economía
parecen articularse de modo muy diferente.
Un segundo camino podría ser, a
partir de las debilidades conceptuales advertidas, el trabajo teórico de armado
de campos conceptuales alternativos, más elaborados.
Las tesis relativas al Imperio
(es decir, a la descripción de las formas actuales en que ejerce la dominación
el “enemigo”) se complementan con las estrategias de resistencia planteadas en
la noción de “multitud”, también construida como “red”, también pensada desde
la tradición occidental y definida por contraposición a las nociones de
“pueblo” y “proletariado”.
Aquí el esfuerzo intelectual
consiste en rescatar y articular por un lado las experiencias de múltiples prácticas
de resistencia en el actual contexto globalizado y, por otro, algunas
características de la experiencia histórica y teórica que en forma tópica y
utópica ha trabajado nociones de autonomía, asociación, singularidad,
cooperación, autogestión, igualitarismo, no jerarquías, etc.
La idea es desarrollar las
potencias de la multitud (que por momentos se acerca a la noción de
“izquierda”)... Y uno de los problemas que plantea es la relación de ésta con
los gobiernos nacionales “progresistas”. Hardt resuelve la tensión por una vía
demasiado fácil: citar al Deleuze del Abécédaire para decir que “no hay gobierno de izquierda”.
Eso nos deja, concretamente en
Uruguay, con cierta sensación de no haberle dicho a Hardt que en Uruguay la
“multitud” (y el “pueblo” y el “proletariado”) eligieron un gobierno de
izquierda; pero también que vieron en esa elección un paso en la lucha; de modo
que su relación con este gobierno no es sustantivamente la misma que con un
gobierno “de derecha”; no se le pide sólo que deje espacio para la multitud, se
le pide que gobierne con la multitud, que sea de izquierda. De ahí la tensión
ineludible...
En suma: que si el imperio como
“red” puede ser pensado en su heterogeneidad y potencia, con conceptos más
afinados, también la resistencia al mismo y su sujeto reticular deberían ser
pensados con no menor complejidad.
Quizás
el diálogo más rico fue el que se desarrolló en la Facultad de Humanidades y
Ciencias de la Educación, convocado por el Centro de Estudios
Interdisciplinarios Uruguayo (¿y/o Latinoamericano?)
Hardt comenzó planteando su
interés por lo interdisciplinar y su convicción de que hay que “hacer bien todo lo disciplinar”.
Preguntó por la necesidad de lo interdisciplinar y cuáles son los cambios de
perspectiva en cada campo, “desde la
perspectiva uruguaya”.
Álvaro Rico devolvió la pelota
repreguntando cómo hicieron “ustedes dos”
para resolver la interdisciplinariedad. Hardt afirmó que hay que “saber de otros campos” y para eso se
debe “estudiar mucho”, pero que lo
interdisciplinar no sabe resolverlo, que es una pregunta que ellos se hacen “como escritores”, pero también “como educadores”. Ahí la pregunta de
Marcelo Rossal fue cómo transmitir un oficio para estudiar un nuevo campo
global.
Subrayó Hardt que no cuenta con
un equipo interdisciplinar: “somos dos”.
Por tanto es una perspectiva limitada “no
sólo por lo disciplinar sino por la geografía disciplinaria: necesitaríamos a
otros, de otros países”. También indicó que no hay en EEUU una tradición y
métodos de trabajo colaborativo en ciencias humanas: “escribir se hace solo”...
O sea que lo que comenté en el
punto 1 se volvió a plantear acá con particular subrayado en las limitaciones y
con una doble invitación: la directa pregunta inicial sobre la
interdisciplinariedad (o múltiple perspectividad); y, aunque eso quedó sin
respuesta, la insistencia en la indirecta invitación de colaboración que
A raíz de una aguda pregunta de
Sandino Núñez relativa al elemento de “para sí” que faltaría en la “multitud”,
Hardt dijo que no importaba tanto la conciencia (“de clase”), cuanto la práctica en común. La preocupación sería más
bien cómo esas prácticas pueden autoorganizarse en “contrapoder”, sin necesidad de un poder central que las
concientice y organice en función de una previa teoría del cambio social. Por
eso ve la “multitud” más bien como proyecto de organización de un “en sí” más
amplio, que una organización hacia un “para sí”. En este sentido le interesan
particularmente las “resistencias indígenas”, no entendidas como premodernidad
sino como “altermodernidad”; un pensamiento “biopolítico” que tenga como
prinicipal referencia la vida social, desde la sobrevivencia hacia las
prácticas autorreguladas sociales.
Juan Flo intervino señalando
como con Marx una tradición hegeliana se hace práctica eficiente de un proyecto
que se realizó de modo adecuado en un tercio del mundo. La idea de sujeto
consciente se liga con la teoría revolucionaria: es un momento de esa práctica
pero no es hasta que el sistema no puede funcionar y fr
Cuando escuché a Flo, su
clarísimo discurso me pareció paleolítico. Y hasta me enojó bastante. Me
pareció que eludía la explicación de la caída de aquel proyecto eficazmente
realizado. Que, en tanto esperaba una teoría previa a la acción (aunque
fundada en la realidad) implicaba una postura “metafísica”. Que, en tanto
esperaba una nueva teoría, una nueva verdad que guiara eficazmente la acción, o
se aferraba a la teoría anterior, su posición resultaba impotente o escéptica
y, por tanto, de hecho, conservadora del sistema. Que no tenía nada que decirle
a Hardt y simplemente tomaba distancia
desde una concepción abroquelada.
Sin embargo Flo fue a la
reunión. Y habló, expuso su parecer. Leídos de nuevo los pobres apuntes que
saqué, trato de reinterpretar la situación. ¿Y si no estuviera hablando desde
una seguridad dogmática para descalificar al otro, sino hablando desde sus
propias convicciones, frustraciones o dolores, y señalándole al otro un punto
central aún no suficientemente pensado en cuanto a la relación entre teoría y
práctica? Porque si esta lectura fuera mínimamente válida, entonces, en el
aporte de Flo hay una articulación problematizadora de cuestiones básicas del
cambio social que vale la pena...
Hardt -según mis apuntes-
introdujo un desvío hablando de la polémica entre marxismo y postmodernidad,
para afirmar que el “en sí” no necesita unidad para hacer la revolución; que
hay una falsa oposición entre fragmentación o sujeto unificado. Y luego
continuó diciendo que, si en cada época hay una forma dominante de trabajo y la
actual ya no es la fábrica, sino el trabajo en red, entonces hoy ya no es
adecuado el “partido” sino la “red”. “Es
mi leninismo antileninista”, dijo.
Rafael Bayce preguntó cuál es
el sujeto hoy, cuál es el equivalente funcional del proletariado. A lo que
Hardt contestó desarrollando su noción de “multitud”, como sujeto plural,
en oposición a “pueblo” (considerado como unitario), y activo en
oposición a las clásicas “muchedumbre” o “masa” (pasivas).
Rossal volvió a intervenir
preguntando por la relación de “multitud” en el contexto del populismo
latinoamericano. Hardt precisó que ellos no eran “profetas” (si profeta es el que crea el pueblo hablando), sino que
parten del “reconocimiento de lo que la
gente está haciendo”, para redefinir conceptos e inventar nuevos.
Me resultó interesante ese
recurso a la noción de “profeta” porque, en ese sentido, no sólo sería
“profeta” el líder populista, sino también la “ciencia de la transformación” a
que hacía referencia Flo. En ese sentido, también, el planteo de Hardt es
“materialista” y “antimetafísico”: como que parte del sufrimiento concreto del
explotado (quizás exagero: no recuerdo haberle oído hablar del dolor real de la
explotación), o al menos de sus prácticas de resistencia; es decir, de esas
personas y grupos que son “en sí”...
La discusión no terminó ahí,
pero mis notas sólo registraron una pregunta de Sandino sobre subjetividad y
multitud y alguna referencia de Hardt a la reactualización de problemas
surgidos en los inicios de la modernidad.
No hago una síntesis; lo dejo
así. Creo que no es sólo memoria, es también balance.