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Una
economía de suficiencia, no de eficiencia. Ana Agostino |
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Hoenir
Sarthou |
José Bervejillo |
Carlos Pacheco |
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Pequeños pero
importantes cambios.
Juan José Calvo |
El buque insignia de la
izquierda.
Nelson Villareal |
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Un próspero año
nuevo En esta época del año los
deseos de buenos augurios para el año entrante hacia las personas que uno
quiere son una cosa casi obligada. A veces también son simplemente un lugar
común, una frase hecha, una mera fórmula de cortesía. De una manera u otra,
la frase se repite año a año. Pero en éste quizá los augurios vengan
acompañados además de una altísima expectativa y confianza de que en el año
próximo las cosas realmente anden mejor. Este estado de ánimo se
empezó a gestar cuando la victoria del Frente Amplio se hizo visible, creció
durante la campaña electoral (alimentado por las encuestas y los actos
masivos) y se materializó en la noche del 31 de octubre. Sin embargo, las
expectativas y la confianza no parecen reducirse sólo a los votantes
frentistas. El sentimiento se ha extendido a muchos que no votaron al Frente,
pero que esperan del gobierno entrante los cambios que mejoren sus vidas. Es que quizá el primer y
más importante efecto del resultado electoral haya sido la recuperación del
entusiasmo, volver a creer que un futuro mejor es realmente posible y
alcanzable. Este entusiasmo es una
rareza, algo que el país no siente desde hace décadas. Durante demasiados años
nos acostumbramos a ver el futuro en un tono fatalista, como algo gris e
inevitable, visto a través del cristal del desaliento generado por diversas y
sucesivas frustraciones. Hoy el entusiasmo ha
vuelto a generalizarse, y parece sobrevivir incluso a la no muy estimulante
discusión sobre cargos y candidaturas, y este entusiasmo es el mayor capital
del nuevo gobierno y también su máxima responsabilidad. Pero convertir el
entusiasmo en propuestas transformadoras no es sólo responsabilidad de las
autoridades electas. Hacerlo es también –y sobre todo- responsabilidad de
cada uno de quienes sentimos que ahora sí se puede y que es ésta una
oportunidad histórica de cambiar el país, y que debe ser aprovechada. La
“oportunidad” no la tiene –solamente- el Frente Amplio, sus grupos, sus
estructuras, sus líderes. La oportunidad la tiene el país, y con él todos
nosotros. Por eso en esta última
edición del 2005 Futuro Imperfecto
se propone difundir algunas “propuestas para la acción”, aportes que apunten
a trascender el debate conceptual o la opinión crítica y aspiren a
convertirse en propuestas concretas (de corto o de largo plazo, de una
viabilidad obvia o una utopía lejana, globales o específicas) que centre el
debate en lo que se puede hacer y en cómo hacerlo. En ese sentido, José Serrentino
afirma que la capacidad de “pensar el país más allá de esta
administración” recae más en las organizaciones de la sociedad civil que en
el propio “elenco de gobierno o los partidos que los sustentan”, y propone
que Semana 83 se auto-asigne un
papel activo en la construcción del nuevo Uruguay. Luego de una noche de furia, Hoenir Sarthou comparte su sentimiento de
frustración frente a un Uruguay que ha perdido el rumbo, y analiza los
porqués. Propone un retorno a los orígenes, a que cada uno rescate lo mejor
de sí y lo ponga al servicio de la comunidad. Juan
José Calvo analiza el futuro comportamiento demográfico del
Uruguay, en donde observa algunos cambios pequeños pero importantes. Propone
políticas agresivas de combate a la mortalidad infantil. El futuro plan de
emergencia es examinado por Nelson Villarreal, plan al que le otorga una importancia
clave en el inicio del nuevo gobierno. Propone ir más allá y comenzar ya
mismo a pensar en el problema de la pobreza y la integración social en el
mediano plazo. José Bervejillo señala que el patrimonio
que debe ser cuidado son las oportunidades de futuro antes que las
propiedades del pasado. Propone redefinir las relaciones entre lo público y
lo privado, de modo tal de romper bloqueo en el que se encuentra Uruguay, al
que observa detenido en el medio de la nada, como el viejo tren de la
película “Corazón de fuego”. Ana Agostino profundiza en sus ideas
–expresadas en ediciones anteriores de Futuro
Imperfecto- de que cada sociedad tiene el derecho a no desarrollarse y
que la riqueza puede ser un problema y no una solución. Propone sustituir el
concepto de eficiencia por el de suficiencia a la hora de discutir las
alternativas de desarrollo económico posibles para el país. La creación de una “Comisión del Futuro” es propuesta por Carlos Pacheco. Esta Comisión debería
generar una visión de futuro deseable, definir los objetivos y medir los
avances de su concreción, como forma de materializar una gestión práctica del
futuro que trascienda el puro deseo. Finalmente, volvemos al
inicio: también nosotros tenemos expectativas y esperanzas de que en el año
que se inicia un nuevo país se ponga en marcha. Y también tenemos
expectativas y esperanzas de contribuir –elaborando y difundiendo propuestas-
a que eso ocurra. En nuestras
manos está compartir un futuro imperfecto pero encantador. |
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A favor de los desarrollos con minúscula y no del Desarrollo
con mayúscula Ana Agostino |
Una economía de suficiencia, no de
eficiencia. En mis dos contribuciones a Futuro Imperfecto he planteado ideas que
podrían ser consideradas temerarias: el derecho a no desarrollarse y la
riqueza como problema. Acercándonos a fin de año y en tiempos en que se
manifiestan deseos para el 2005 que la mayoría de los uruguayos espera será
sustancialmente diferente, quiero reafirmar esas ideas. Quiero manifestar mi
deseo de que no nos desarrollemos y de que no seamos, sobre todo que no
queramos ser, ricos. ¿Qué quiero decir? |
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La Sociedad Civil y Semana 83 José Serrentino |
Al
ritmo del rock nacional, Pepe Serrentino nos deja
sus postales sobre el Uruguay que se viene y el papel que grupos como Semana
83 podrían jugar si lo desean, se lo auto-asignan y se lo ganan… |
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Metamorfosis de un país que ha perdido el rumbo Hoenir
Sarthou |
A todos nos ha pasado lo que noches atrás le sucedió a Hoenir Sarthou. Acostarse con
bronca y con sensación de frustración. En este artículo, el autor analiza lo
que sintió esa noche, comparte sus reflexiones sobre dónde y cuándo Uruguay
inició la senda de la parálisis y el anquilosamiento, y propone un camino de
salida. |
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El desafío de arrancar y de seguir para adelante José Bervejillo |
En un club de video en California, el autor de este artículo encontró
una copia de la película uruguayo-argentina “Corazón de fuego”. La metáfora
de un tren inmovilizado en el medio de la nada, es para él ilustrativa del
Uruguay de hoy. |
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Oficina o Comisión del Futuro Carlos Pacheco |
¿Se puede gestionar el futuro? Predecir el futuro es sinónimo de esperarlo, no de construirlo. La
tarea de construcción requiere de acción, planes y organismos destinados a
plasmar los sueños y visiones colectivas. |
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Uruguay y su demografía en los próximos cinco años. (1ª. Parte) Juan José Calvo |
Pequeños pero importantes cambios Nuestro país ha tenido una historia demográfica
inusual si se la compara con los países de la región latinoamericana.
Transición demográfica precoz y finalizada en las primeras décadas del Siglo
XX, lento crecimiento demográfico, temprano envejecimiento de la estructura
de edades, alto grado de urbanización; éstas han sido algunas de las
características de la población uruguaya. ¿Qué se espera que ocurra en la
demografía uruguaya en los próximos cinco años? |
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Plan de Emergencia: buque insignia de la izquierda Nelson Villareal |
¿ Primer
eslabón de una estrategia de desarrollo social? Aquello de que “todo texto, fuera
de contexto, puede ser un pretexto” viene al caso para abordar un primer
artículo sobre el “Plan de Emergencia” para Futuro Imperfecto. La idea de
Plan de Emergencia tiene connotaciones distintas en el imaginario de los
ciudadanos, de los técnicos, de los que saldrán del gobierno y de los que
entran, como de los organismos internacionales que apoyan, tanto en el rol
que debe cumplir, como el lugar que debe jugar en la primera etapa de
gobierno, así como en relación al mediano plazo. |
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A favor de los desarrollos con minúscula y
no del Desarrollo con mayúscula Una economía de suficiencia, no de eficiencia Ana Agostino En una entrevista a Wolfgang
Sachs1 en Porto Alegre en febrero de
2003, le consulté si plantear que las alternativas debían ser encontradas
fuera del discurso del desarrollo no implicaba desconocer las aspiraciones
que varios pueblos tienen respecto a éste. Según Sachs
es importante distinguir entre Desarrollo, con mayúscula, y desarrollos. Para
este autor Desarrollo es el camino hacia la occidentalización
del mundo, basado en el crecimiento económico, el aumento de la producción y
el consumo, el libre juego de los mercados y la competencia, el responder a
los diversos deseos y expectativas de la heterogénea humanidad con productos
manufacturados y standardizados, accesibles en función de oferta y demanda.
Los desarrollos con minúscula, en cambio, son las múltiples maneras que
distintas culturas y pueblos van encontrando para mejorar, cambiar,
embellecer, diversificar, sus particulares situaciones locales, regionales e
incluso nacionales. Para Sachs el Desarrollo es
sinónimo de crecimiento, los segundos, en contraste, se asemejan más al
concepto de empoderamiento. Mi deseo respecto a que
no nos desarrollemos tiene que ver con esta distinción de Sachs.
Con que tengamos la capacidad de utilizar un lenguaje que exprese nuestros
deseos que no sea el lenguaje del Desarrollo. El ya ha soñado por nosotros,
ya nos ha dicho a qué tenemos que aspirar, nos lo muestra a diario, en
colores, y nos dice cuánto cuesta. Pero sobre todo nos prepara para no ver otras formas posibles de hacer las
cosas, de entender la realidad, expresarla, vivirla y transformarla. En las
palabras de Boaventura de Sousa
Santos2, otros lenguajes, otras
respuestas a diversas situaciones que se le presentan a individuos y
colectividades diversas, son “creados activamente como no existentes”, es
decir, como ignorantes, atrasados, incapaces de ofrecer alternativas. Para el
criterio hegemónico de racionalidad y eficiencia que caracteriza el modelo de
Desarrollo occidental, existe una única forma de conocimiento, el científico,
el tiempo es siempre lineal, las diferencias son expresión de inferioridad y
atraso y la única manera de superar carencias y dificultades es a través del
criterio de producción y eficiencia capitalista. Todo lo demás, es decir
otras formas de conocimiento, la no contemporaneidad de los contemporáneos a
partir de sus vivencias desde concepciones diversas del tiempo, las
diferencias fuera de relaciones de jerarquía, la “no productividad” en
relación con la naturaleza por opción, no existen, o mejor dicho, son formas
de la no existencia pues las realidades de las que dan cuenta se presentan
como obstáculos para la racionalidad científica, occidental, avanzada,
superior y productivista. Son por lo tanto
descalificadas y reconocidas únicamente como barreras a superar para alcanzar
el Desarrollo. Los desarrollos, en cambio, surgen de esas lógicas, están
entrelazados con historias que develan, porfiadamente, que hay varias formas
de conocer, que desaparecidas las jerarquías de las diferencias lo que
permanece es la diferencia pero acompañada de un mutuo reconocimiento, que
formas no capitalistas de producción, independientes del mercado y basadas en
principios de reciprocidad y solidaridad son igualmente válidas y
alternativas a la monocultura de la producción
capitalista. Esos lenguajes, la novedad en la búsqueda de otros lenguajes
posibles, son desarrollos que desafían al intento homogenizador del
Desarrollo. Debemos
cuestionar nuestro uso/abuso de autos, aviones, vacaciones, papel, celulares,
impresiones, exámenes médicos, tomografías computadas, tecnologías de última
generación a las que recurrimos muchas veces por las dudas y a costa de la
atención primaria, el transporte público, las colonias de vacaciones,
tecnologías de la información de acceso comunitario, entre varios ejemplos de
bienes y servicios que no necesitan ser personales sino de uso compartido. En el mismo sentido, a la lógica de la eficiencia
es posible oponerle la lógica de la suficiencia. Según Sachs,
el concepto de eficiencia se enmarca en el paradigma de crecimiento, pues el
resultado que se busca con la eficiencia es la inversión de las ganancias
orientadas hacia un nuevo crecimiento. La suficiencia proviene de otra
concepción, la de realizar aquello que es correcto para cada uno, para su
comunidad, que le da satisfacción, le ofrece calidad, con independencia de la
cantidad y del valor monetario así como de su capacidad de seguir
reproduciéndose por el mero hecho de generar ganancia.3 La riqueza como acumulación material se enmarca
claramente en la lógica de la eficiencia, de la producción constante. Esa
lógica, si vamos a encaminarnos como resultado de los cambios políticos a una
sociedad más placentera y justa, también debe ser desafiada. Debemos
cuestionar nuestro uso/abuso de autos, aviones, vacaciones, papel, celulares,
impresiones, exámenes médicos, tomografías computadas, tecnologías de última
generación a las que recurrimos muchas veces por las dudas y a costa de la
atención primaria, el transporte público, las colonias de vacaciones,
tecnologías de la información de acceso comunitario, entre varios ejemplos de
bienes y servicios que no necesitan ser personales sino de uso compartido.
Cambiar las condiciones de vida de la población objetivo del llamado Plan de
Emergencia de la futura administración –“cien mil indigentes y doscientos mil
por debajo de la línea de pobreza”- exige necesariamente cambios, también, en
las condiciones de vida del resto de la sociedad, en los criterios de
producción y consumo, en la relación con la naturaleza, en la selección del
tipo de energía a priorizar, en los modelos que como sociedad queremos
adoptar. Los
desarrollos con minúscula son las múltiples maneras que distintas culturas y
pueblos van encontrando para mejorar, cambiar, embellecer, diversificar, sus
particulares situaciones locales, regionales e incluso nacionales. Hechas las aclaraciones, confío sí que nos
desarrollemos en el 2005, pero en las múltiples y variadas formas posibles,
sin atarnos al modelo occidental y menos que menos al consumo como forma de
la existencia. Y que seamos ricos también, en nuestro descubrimiento de todo
aquello que nos da satisfacción fuera del mercado, en todo lo que podemos
ofrecernos mutuamente sin la mediación del dinero. Y gravemos este último,
sobre todo su acumulación, de manera que pueda utilizarse para generar
bienestar común en áreas en las que sí se necesita inversión de capital. Ana Agostino Asistente social, Universidad de la República, y
Doctora en Estudios de Desarrollo, Universidad de Sudáfrica. Comentarios a vuelta de correo a: anaa@internet.com.uy Fuentes
citadas: [1]
Editor de “The Development Dictionary. A Guide to Knowledge as Power”, Zed Books,
Londres y Nueva Jersey, 1992, libro con el
que se inició el debate en torno al Post-Desarrollo. 2 Santos, Boaventura
de Sousa: “The WSF: Towards A Counter-Hegemonic Globalization”,
"http://www.portoalegre2003.org/publique/cgi/public/cgilua.exe/web/templates/htm/1P5RU/view_zlp.5RU.htm?infoid=5453&editionsectionid=144&user=reader",
accedido en fecha 18 de junio de 2003. 3 Entrevista con Wolfgang Sachs en febrero de
2003. |
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La Sociedad
Civil y Semana 83 ¿Y
ahora..? José Serrentino la tribuna calienta para entrar Luego de 33 años la conjunción de
las izquierdas uruguayas ha llegado democráticamente al gobierno. Aires de
renovación, aires de legitimidad y un refrescante perfume de esperanza se
respira en Uruguay. Hace como 40 años que un gobierno electo no cuenta con
mayoría parlamentaria. Y hace nosecuántos años que
un gobierno electo no inicia su gestión con un Programa más o menos coherente.
Todo el elenco de la alta administración del Estado será recambiado. van los buitres, los traidores van El renovado elenco ocupará su
lugar en la escena con todo el típico entusiasmo inaugural. Saben que son
depositarios de altas expectativas. Saben también que son depositarios de los
últimos restos de expectativas que muchos uruguayos tienen en el sistema
político, en el sistema democrático. Saben que, aunque la oposición parece no
existir en estas semanas, cada acto de gobierno, cada nombramiento, cada
logro, cada fracaso será observado, será medido y podrá ser penalizado. A
pesar de eso el elenco está posicionado en una hipótesis fuerte de trabajo,
inspirada en la experiencia de gobierno municipal: "Si no hacemos
grandes cagadas, hay gobierno por 15 años". Los tatuajes en el corazón, Prontos para tomar las riendas
del Estado, hay un énfasis muy fuerte en la prioridad de la emergencia
social. La prioridad es correcta y compartida por la abrumadora mayoría de
los uruguayos. Es esperable que en los primeros meses del 2005 asistamos a un
enorme empuje de acciones de gobierno en direcciones progresistas, racionalizadoras, de buen gobierno. Luego de esos meses,
el Presidente y todo su elenco estarán inmersos en las restricciones que el
aparato estatal uruguayo produce en cantidades insoportables. La energía
instituyente será, con los meses, devorada por la energía administrativa. Es el lunes,
martes, miércoles, jueves, Entonces se verá la talla
política del elenco del Presidente. Saldrán a la luz las capacidades de
sortear obstáculos. Saltarán algunos. Cantarán otros. Y unos pocos nos
mostrarán que están pensando el país más allá de esta administración.
Entonces será necesario exigirle al gobierno una Visión, Políticas de Estado,
Líneas Estratégicas. Será necesario exigir Audacia. Es difícil que el propio
elenco o los partidos políticos que lo sustentan tengan la capacidad de no
quedarse en la corta perspectiva de la coyuntura. hay que
cantar, hay que saltar Quienes tienen esa capacidad son
las organizaciones de la sociedad civil no comprometidas en la gestión
cotidiana. Las organizaciones que sean capaces de proporcionar pensamiento,
elaboración de propuestas, análisis, crítica. Entre ellas, por su esencia
generacional transversal, por su constitución rizomática,
por su trayectoria en la salida de la dictadura, y por su gestión reciente en
el escenario nacional, Semana83 tiene la potencialidad de cumplir un papel de
primer nivel. No está predeterminada a cumplirlo. Deberá auto-asignárselo en
primer lugar. Deberá mantener el foco a cierta distancia de la coyuntura en
segundo lugar. Deberá resolver alguna dificultad endémica para tomar
decisiones. Y finalmente deberá ganárselo. (Trotsky
Vengarán - Hay que Saltar - Durmiendo Afuera – 2001) * José Serrentino Empresario de software Comentarios a vuelta de correo a: pps@ims-consultores.com |
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Metamorfosis de un país que ha perdido el
rumbo Viaje
a la semilla Hoenir Sarthou La noche anterior me
acosté furioso, cansado y decididamente frustrado. Había pasado el día
dedicado a tareas imposibles: convencer a una jueza de que en tres días se puede
autorizar el viaje de un menor; gestionar en una mutualista una consulta
urgente con un especialista; renovar la libreta de chofer y discutir por unos
impuestos que me cobran indebidamente. Demás está decir que me acosté con una
profunda sensación de fracaso, lleno de dudas sobre el sentido de la vida en
general y sobre la utilidad de la mía en particular. “Es inútil”, creo que
alcancé a pensar. Y me quedé dormido. Como no me llamo Gregorio
Samsa, después de esa noche de sueño intranquilo no
me desperté convertido en un monstruoso insecto, como en la “Metamorfosis” de
Kafka. Para nada. Me desperté invadido por una
maravillosa serenidad. Seguramente durante la noche mi inconsciente concluyó
que quien se había convertido en un insecto monstruoso no era yo, sino el
Uruguay. Y no se imaginan la tranquilidad que eso me dio. ¿Vieron a esos insectos
que parecen dinosaurios en miniatura, con patas gigantes y cuerpo minúsculo,
alas enormes que sin embargo no le sirven para volar y ojos saltones pero
ciegos? Bueno, a esos insectos me refiero. Son bichos más bien inocuos,
aunque muy feos. Han desarrollado sus órganos y sus miembros fuera de toda
proporción, y a la vez tienen atrofiada la función para la que esos órganos y
miembros están destinados. A veces creo que algo parecido le pasa al Uruguay.
Nuestras instituciones se han hiperdesarrollado, al
tiempo que han dejado progresivamente de cumplir la función para la que
fueron concebidas. Es como si todos hubiéramos olvidado la intención original
con la que las creamos, pero ellas hubieran seguido creciendo y engordando a
expensas del resto del cuerpo social. Voy a poner un ejemplo para ser más
claro. La rebelión de los instrumentos
Hace treinta años
nuestras Fuerzas Armadas se autoproclamaron depositarias de los mejores
valores nacionales y dieron un golpe de Estado para “salvar a la Patria”. Nos llevó once
años sacarlas del poder que habían usurpado, y más de veinte –porque todavía
no lo logramos del todo- convencer a
sus integrantes de que son simples funcionarios públicos, sujetos a la
voluntad del resto del país. Sin embargo, en teoría, las Fuerzas Armadas son
un grupo de personas contratadas, entrenadas, armadas y pagadas con un
objetivo específico: defender al territorio nacional de ataque externos, y
aun ello dentro de límites estrictos. Ahora bien, ¿qué las llevó a desbordar su función
histórica y a asumir otras esencialmente ajenas? Esa pregunta ya ha consumido
ríos de tinta, así que no me propongo contestarla aquí. Me basta con señalar
que una institución creada para cumplir una función social concreta se
transformó en un grave problema, costó vidas, años de retroceso económico y
social y dejó en nuestra cultura huellas indelebles. Nuestras instituciones se han hiperdesarrollado, al tiempo que han dejado
progresivamente de cumplir la función para la que fueron concebidas. Es como
si todos hubiéramos olvidado la intención original con la que las creamos,
pero ellas hubieran seguido creciendo y engordando a expensas del resto del
cuerpo social. Se podrá objetar que el
ejemplo no sirve, que las Fuerzas Armadas son una institución especial, cuyos
miembros están armados y sujetos a una disciplina férrea. Sin embargo, no
creo que el problema del que hablo tenga que ver exclusivamente con armas o
con autoritarismo. Sospecho más bien que está ligado a una tendencia profunda
de todas las organizaciones humanas, la tendencia a cobrar vida propia, a
crecer y a autoperpetuarse, olvidando incluso la
función social para la que fueron creadas. Es, por ejemplo, el caso de las
burocracias, que tienden indefectiblemente a convertirse en un fin en sí
mismas, como puede comprobarlo cualquiera que observe a la administración
pública uruguaya. Una de náufragos Para estudiar ese proceso
de desnaturalización, les propongo un juego. Se trata de imaginar a un grupo
de seres humanos aislados y sometidos a una situación límite, en la que deben
organizarse y sobrevivir librados a sus propios recursos. Podría ser una
tribu salvaje o, mejor aun, un grupo de náufragos en una isla desierta.
Prefiero al grupo de náufragos, porque nos permite visualizar la etapa
fundacional de una comunidad. Alguien ha señalado que este juego se asemeja a
la “posición original” de John Rawls,
en la que un hipotético grupo de seres humanos, que ignoran la posición que a
cada uno de ellos le tocará ocupar en una futura sociedad, debe definir los
principios sobre los que se organizará esa sociedad y la forma en que en ella
se distribuirán los bienes. Pero, dado que la situación de los náufragos no
es necesariamente hipotética y que además cada uno de ellos sabe quién es y
qué papel podrá tocarle en la nueva comunidad, creo que la similitud con Rawls no es tal. Ahora imaginemos la
situación. Recién llegados a la isla, los náufragos seguramente reconocerán
el lugar y se cerciorarán de que reúna condiciones mínimas para la vida
(agua, comida, etc.). Allí ya tenemos una primera función, la investigación,
que tal vez sea, en cualquier circunstancia, la primera actividad humana, y
probablemente nunca se desarrolle tan
aislada de la técnica como desearían los amantes de la ciencia pura. En
segundo lugar, es probable que los náufragos se ocupen de reunir e
inventariar los elementos de que disponen para la supervivencia (comida,
abrigo, el lugar físico en que se instale el grupo, materiales, herramientas,
etc.). Allí ya hay otra actividad: el apoderamiento y conservación de los
bienes necesarios para la vida. En una sociedad civilizada esa actividad se
realiza en forma difusa; la realiza en parte cada individuo, en la medida de
sus posibilidades, y en parte es realizada por el Estado. Simultáneamente con
el establecimiento del grupo humano y con su apoderamiento del mundo
circundante, surge otra vieja actividad humana: el derecho. Porque
inmediatamente deberá establecerse cuánto podrá comer cada uno, qué derecho
tendrá a tener cosas propias y a usar las comunes, quién deberá cuidar los
alimentos y qué pasará si desaparecen. Asimismo deberá acordarse cuál será el
género de relación entre los miembros del grupo, cómo se tomarán las
decisiones, si se admitirá el uso de la fuerza y la violencia y cómo se
castigarán las infracciones a las reglas. En las sociedades complejas esa
labor la cumplen los legisladores, los jueces y los abogados, pero en
sociedades pequeñas es cumplida generalmente por la propia comunidad.
Seguramente pronto necesitarán los náufragos más alimentos, así que aumentará
la investigación del entorno y se implementarán actividades para obtener de
él nuevos alimentos y bienes para la vida. Habrán nacido así la agricultura,
la pesca y en general las actividades productivas. En algún momento
aparecerán enfermedades o habrá gente lastimada. La medicina tendrá entonces
su papel. Y, si hubiera enemigos o fieras, habría que organizar la defensa,
con lo que surgiría la función militar. Podríamos estirar este relato hasta
el infinito, pero creo que no es necesario. Nada cuesta imaginar que, si la
situación perdura, nacerán niños, y entonces será necesaria la educación, que
tendrá como finalidad primordial –aunque no suene muy romántico- transferir a
los nuevos miembros del grupo los saberes
necesarios para conocer y manejar el medio. Tampoco cuesta pensar –sospecho
que fue exactamente lo que pasó en tiempos muy remotos- que en las noches
habrá quien cante, quien baile y quien narre o represente relatos, con lo que
las artes tendrán asegurado su futuro. Para terminar, tarde o temprano
surgirá algún tipo de autoridad política, que, al menos al principio, tenderá
a actuar como simple ejecutora de la voluntad colectiva para ir adquiriendo progresivamente nuevas
atribuciones. Cuando decidamos salir de la parálisis y
repensar nuestro futuro, debamos remontarnos al espíritu de comunidad, al
sentido original que está en la raíz
de las instituciones, aunque haya sido olvidado por demasiado tiempo. Lo interesante del juego
es que resulta revelador respecto al sentido original de las actividades e
instituciones humanas. Obviamente, la sociedad actual puede ser vista como una variante complejizada de la comunidad de náufragos, en la que cada
actividad se ha institucionalizado, convirtiéndose en tarea exclusiva de un
estamento social determinado. Desde luego, no propongo regresar a un régimen
indiferenciado en que todos hagan de todo. Pero considero útil reflexionar
sobre la forma en que ese sentido original de las actividades humanas ha ido
perdiéndose a lo largo del tiempo. Hacia los orígenes
Me pregunto si queda hoy
algún aspecto de la vida en que las intenciones originales no se hayan
desnaturalizado. Me pregunto si el derecho es un conjunto de reglas claras y
previsibles para organizar la vida social o se ha convertido en un laberinto
de ritos incomprensibles para el ciudadano común; me pregunto si el
Parlamento interpreta y plasma en leyes la voluntad colectiva o se ha vuelto
un ámbito para el tráfico de
influencias y el reparto del poder. Me pregunto si la educación sigue
teniendo por fin dotar a los niños y adolescentes de los saberes
necesarios para comprender y manejar la realidad en la que viven, o si bajo
el pretendido “desarrollo de las potencialidades del niño” se esconde una
educación divorciada de la vida. Me pregunto si la medicina sigue siendo una
necesidad social o un negocio; si existe una frontera entre el arte y el
marketing; si la prensa difunde información o publicidad; si los impuestos
apuntan a costear las necesidades de la comunidad o a ahogar todo esfuerzo
productivo; si el poder político se ve
a sí mismo como ejecutor de la voluntad colectiva o como una casta autónoma
dedicada a preservar y acrecentar su propio poder. Me pregunto, en
definitiva, cuándo perdimos el rumbo y qué podemos hacer para recuperarlo. No quiero terminar este
artículo con un “bajón”. Al contrario,
sospecho que en el propio planteo del problema está la solución. Tal vez,
contra lo que solemos creer, no necesitemos tanto cambiar como volver a las
raíces. Quizá, cuando decidamos salir de la parálisis y repensar nuestro
futuro, debamos remontarnos al espíritu de comunidad, al sentido
original que está en la raíz de las
instituciones, aunque haya sido olvidado por demasiado tiempo. Para empezar y
como ejercicio, ¿por qué no recordar cuál es el sentido original de la
actividad que cada uno de nosotros realiza? ¿Por qué no preguntarnos con
franqueza si nuestra actividad diaria está orientada a rescatar ese sentido
original? Yo, por ejemplo, soy
abogado: ¿está mi trabajo diario orientado hacia la aprobación y vigencia de
reglas claras y cognoscibles que favorezcan la vida social? Porque, de no ser
así, algo marcha mal en la actividad a la que me dedico, sea cual sea. Se
trata, desde luego, de una interrogante íntima, que cada cual podrá traducir
al lenguaje de su trabajo, cargo, profesión u oficio. Porque nuestro drama
colectivo no es sólo un tema de políticas de Estado. Es también, y en gran
medida, un asunto cultural. |
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El
desafío de arrancar y de seguir para adelante El
último tren se fue José Bervejillo Hace
pocos días tuve oportunidad de ver la película “Corazón de fuego” (en EEUU se estrenó con el nombre “The last train” en inglés y “El último tren”, en castellano).
Calculo que debo haber sido el último uruguayo en verla, pero bueno, al menos
tenía hasta ahora la excusa perfecta de estar viviendo lejos del circuito
cinematográfico del Río de la Plata. Fue por lo tanto una agradable sorpresa
encontrar la película en el club de video de la esquina de mi casa, en esta
ciudad universitaria del centro de California. Los clubes de video locales no
ofrecen demasiado cine sudamericano, como cualquiera puede imaginar, cuanto
mucho alguna cosa brasilera o argentina, dos o tres títulos perdidos en la
multitud de enlatados hollywoodenses. Fue verla y
sacarla. Disfruté
en grande de esa historia tan simple como bien contada y de esos simpáticos
personajes encarnados por Luppi, Alterio, Soriano y los otros viejos, entre nostálgicos y
delirantes, con su quijotesca ternura, sus puteadas
casi epidérmicas. Me reí de esa imagen sin sentido de una locomotora de otro
tiempo, perseguida de a ratos por tres patrulleros con sirena abierta en
pleno desierto, corriendo sin otro destino que escabullirse de las garras
maléficas del joven empresario globalizador y
oportunista, un chico malo tan pedante como inteligente, con todas las
conexiones políticas bien aceitadas como para dirigir él mismo el operativo
policial de tira cómica. Ignoro
si el director Diego Arsuaga se propuso hacer la
película de esta forma, ni me interesa averiguarlo, pero la parodia nacional
reflejada allí tiene la fuerza gráfica de una caricatura. Los personajes
cierran todos, las motivaciones están todas vigentes, el desenlace nos deja
con el agridulce sabor de lo incierto: ¿se ganó una batalla inútil, o se
impuso una derrota sobre la cordura? Es como un chiste sobre la desgracia de
nosotros mismos, nos reímos por no llorar. Allí va un empresario privado
demasiado antipático como para ponerse de su lado sin pagar un costo político
elevado, pero por otro lado, también allí van los viejos raptores aferrados a
un mundo que ya fue, que no tiene retorno. Su acto de resistencia es
testarudo, caprichoso, no propone nada nuevo como posible alternativa, sólo
quiere guardar un tesoro recuperado no por ellos sino por el mismo enemigo,
una vieja máquina sin propósito que unos meses antes era pura olvidada chatarra.
El Estado, o sea la policía, es el socio nabo, que trata de cumplir con
ciertas reglas extemporáneas, asigna mal los recursos, decide tarde y mal, en
fin, pretende ganar una batalla con un cañón de dulce de leche. Tiene las
armas, pero no tiene el poder. Tiene los patrulleros, pero no puede ponerle
una barrera al tren para detenerlo. La pregunta que no se contesta es: ¿cuál es el patrimonio?, ¿la
propiedad del pasado o las oportunidades del futuro? El
detalle sutil y magistral del final de la película es que, una vez detenidos
y esposados los viejos y devuelta la locomotora a su dueño, éste no solamente
no puede ir para atrás con la máquina, no puede des-andar el camino y cerrar
su negocio, porque la mansa rabia visceral y a destiempo de los habitantes
del pueblo, sentados en la vía, se niega a que el patrimonio de todos sea
vendido, sino que además tiene
impedido el paso hacia adelante porque
alguien construyó una carretera que pasa por encima de las vías. El
Uruguay de hoy se parece horriblemente a esa vieja locomotora inmovilizada en
el medio de la nada. La gente, finalmente convencida por los líderes
irreverentes, no quiere perderla, pero nadie puede ya hacerla correr hacia
adelante. Ni siquiera el inversor privado, triunfador del libreto imaginado
por él mismo, preso también él de su propia lógica de capitalista extractivo,
que le indicaría únicamente la alternativa de ir hacia atrás, y de las políticas de los gobiernos pasados,
plagadas de improvisación y miopía, que queriendo ser innovadoras, se
tragaron las vías del tren con una carretera mal hecha, cerrando el camino
del inversor también hacia adelante.
Es la metáfora de las políticas de Estado que nos han llevado a todos a un
punto en que re-hacernos como país es mucho más costoso hoy de lo que nos
habría costado mejorar lo que teníamos 30 o 40 años atrás, cuando ir en tren
a La Paloma por ejemplo, era, bueno, una verdadera tortura. Porque,
aclaremos, el punto no es las cosas que perdimos sino las opciones que no
tomamos. El
gobierno electo tiene delante el desafío de continuar la historia que el
director de “Corazón de fuego”
prefirió matar con algunas sentencias epilogales. No va a ser fácil, pero
tampoco imposible, y no va a depender únicamente del gobierno, sino un poco
de todos, trabajadores y empresarios, funcionarios públicos y ciudadanos de a
pie. Uruguay no tiene que poner un enorme cartel de “se vende” en el faro de
Punta Carretas, de frente al mar, pero tampoco tiene que seguir el destino
fatal de ahogarse abrazado a una antigüedad de museo. Y algunas claves para
resolver el rompecabezas que deja la última escena de la película se me
ocurre que son las siguientes. Aclaremos, el punto
no es las cosas que perdimos sino las opciones que no tomamos. En
primer lugar, y esto tiene un parentesco indudable con el resultado del
plebiscito sobre el agua, cuando la mayoría prefiere sentarse en las vías, si
bien logra que el patrimonio nacional no sea vendido, al mismo tiempo está
cerrando opciones al desarrollo económico, porque ve al inversor privado como
enemigo y no como posible aliado. Reducir el número de alternativas conlleva
un costo social más o menos elevado (según qué alternativa se trate) en
términos de puestos de trabajo perdidos, ingresos que no se generan,
bienestar al que se renuncia. Y la pregunta que no se contesta es: ¿cuál es
el patrimonio?, ¿la propiedad del pasado o las oportunidades del futuro? En
segundo lugar, lo peor que se puede hacer frente al capital privado es actuar
con complejo de inferioridad. Buena parte de la izquierda tiende a
conformarse con la visión simplista que detrás del inversor privado,
especialmente si es extranjero, hay alguien que nos quiere joder y entonces
hay que ponerle trabas, inmovilizarlo. El gobierno que viene, con todo lo
simpatizante que se sabe de los pobladores aquellos sentados en la vía, no
puede prescindir del capital privado, lo debe poner a trabajar al servicio
del país, pero en un contexto de reglas claras que se cumplen con
independencia del apellido o nacionalidad del inversor o del partido político
al que pertenece. En
tercer lugar, claro, existe un número limitado de locomotoras a restaurar y
en cambio muchas nuevas por ser construidas. Pero “el mercado” no tiene
visión de futuro y si hoy es más rentable restaurar locomotoras ahí vamos,
cuando se acaben las locomotoras, “el mercado” proveerá. Ningún país
capitalista se ha rifado de tal forma su futuro, ¿por qué habría de hacerlo
Uruguay? El gobierno que viene, pues, tiene que poner sentido a las
estrategias de desarrollo. Un país que no apuesta a largo plazo en su capital
humano, en la preservación de sus recursos naturales, en el desarrollo del
conocimiento científico, de la infraestructura, de sus instituciones, es un
país condenado a vivir de “maquiladoras”, industrias extractivas y teleservicios. No estoy con esto respaldando la opción de
un Estado productor, sino por el contrario, la opción de un Estado que no
produce pero que sabe qué producto quiere obtener. No
son las únicas claves, pero sí unas bien importantes. El futuro gobierno de
la izquierda tiene la oportunidad de mostrar que todavía es posible construir
un país viable, buscando alianzas entre privados y públicos, definiendo las
reglas de juego sin complejos, apostando a su gente, sean o no votantes de izquierda.
Ojalá vuelvan a correr los trenes por las suavemente onduladas praderas
uruguayas, pero por favor, tratemos de que sean trenes de levitación
magnética. * José Bervejillo Economista agrícola, investigador
del “Agricultural Issues Center”, Universidad de California, EEUU. Comentarios a vuelta de correo a: Jeberve@ucdavis.edu. |
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¿ Se
puede gestionar el futuro? Carlos Pacheco Hay una máxima del mundo empresarial que dice “lo
que no se mide no se hace”. Todo aquello que depende tan sólo de la buena
voluntad de alguien, a la larga desaparece. El empleado que no sabe qué es lo
que se espera de él, y en caso de que sí lo sepa, no sabe cuál es la manera
correcta de brindar u obtener o medir el resultado esperado, es alguien que
va camino a la frustración. Por el contrario, aquello que es monitoreado con
medidas objetivas le da claridad a las metas y especifica el papel de cada
uno en la organización o comunidad. Así es posible exigir resultados
concretos y relacionados con objetivos planteados a quienes cumplen tareas de
responsabilidad. Para trabajar con este enfoque es preciso exigir metas
claras y medidas adecuadas sobre qué se espera, cuándo y cómo. En los tres primeros números de Futuro Imperfecto hablamos, desde
diferentes ángulos, sobre cambio, y sobre el futuro y su construcción. En
todos los artículos desarrollamos un concepto central: el futuro se
construye, no se espera. El futuro es lo que se hace en el presente y que
luego devendrá en futuro, no aquello que alguien con poderes especiales es
capaz de predecir, o algo que estamos destinados a padecer o disfrutar pero
sin poder incidir. El futuro lo construyen, por supuesto, los gobernantes
desde el lugar de responsabilidad que les fue asignado, pero también los
ciudadanos con sus actos cotidianos. El futuro se está creando siempre. Si no
somos nosotros los que lo estamos haciendo, entonces, son otros los que lo
están haciendo en nuestro lugar. La
concreción de la visión, el logro de los objetivos y las metas, y las tareas
a realizar deben formar parte de un plan de largo aliento que trascienda
partidos, sectores y períodos de gobierno. Construir un futuro no es sólo actuar en oposición
a aquello que creemos que está mal. Aunque es necesario bloquear lo que nos
destruye o nos daña como comunidad, no es suficiente para crear una nueva
sociedad. Por eso es que todo futuro debe ser soñado e imaginado. Esto se
logra mediante la elaboración colectiva de una visión, con una descripción
del futuro que queremos. En su libro “Competing for the future”, Gary Hamel y C. K. Prahalad señalan: “Creemos
que el objetivo no es predecir el futuro, sino imaginar un futuro posible
mediante cambios en tecnología, en estilo de vida, estilo de trabajo, regulaciones,
política global”. Resulta célebre la descripción que realizó Martin Luther King en su discurso “I
have a dream”, donde
expresaba su sueño de igualdad con frases como la siguiente. “Hoy tuve un sueño. Soñé que un día en el
Estado de Alabama los niños y las niñas negras podrían unir sus manos con
niños y niñas blancas y caminar juntos como hermanos y hermanas”. Además de la visión, se debe establecer el
“cuándo” de ese futuro y las etapas intermedias, los mojones que debemos
superar para llegar a la visión. Esto significa definir metas a lograr en
fechas determinadas. Para medir el cumplimiento de estas metas, se
deben elaborar indicadores acordes con los objetivos que forman parte de la
visión. Por ejemplo, si Uruguay se plantea, como uno de sus desafíos, ser un
“proveedor global de servicios basados en conocimiento”, deberá incrementar
su inversión educativa. Medir la evolución del producto bruto interno en
educación será clave para conocer el nivel de concreción del objetivo, así
como de qué manera y en qué áreas se invierte el dinero destinado a ese
rubro. Para que Uruguay sea “un proveedor global”, por
citar otro ejemplo, deberá priorizar las telecomunicaciones, y todas las
mediciones vinculadas a este rubro deberán ser tema de Estado (ancho de banda
del país, costo de llamadas regionales e internacionales, cantidad de
computadoras por habitante, cantidad de usuarios de Internet, etc.). Enfoques
de este tipo requieren una revalorización del trabajo de captura y
procesamiento de datos y, por lo tanto, una modernización y
redimensionamiento de instituciones como el Instituto Nacional de
Estadística. La concreción de la visión, el logro de los
objetivos y las metas, y las tareas a realizar deben formar parte de un plan
de largo aliento que trascienda partidos, sectores y períodos de gobierno. El futuro puede ser soñado, gestionado, medido,
monitoreado, si se cuenta con un organismo que se haga cargo del futuro, que
lo promueva, que lo administre, que lo proyecte, que lo cuide. El
futuro puede ser soñado, gestionado, medido, monitoreado, si se cuenta con un
organismo que se haga cargo del futuro, que lo promueva, que lo administre,
que lo proyecte, que lo cuide. Por eso es que nuestra propuesta y nuestro deseo
para el año 2005, es que el gobierno ponga en funcionamiento una Oficina o
Comisión del Futuro. En varios países, agencias de este tipo han sido
abiertas en la órbita de la Presidencia de la República o de la jefatura
municipal. No tenemos claro en cuál área del gobierno debería estar ubicado
(quizás también podría estar localizada en la Oficina de Planeamiento y
Presupuesto, OPP, o en un Ministerio). Pero eso es lo menos importante. En
Irlanda se creó a fines de la década de 1980 la Information
Society Commission. Se le
asignó la responsabilidad de promover, coordinar y controlar la
implementación de las acciones requeridas por el gobierno de Irlanda y otros
actores claves en el desarrollo de la sociedad de la información. A mediados
de los ochenta, Irlanda era un país con una economía extractiva y de
producción agrícola ganadera. Hoy es uno de los lugares de Europa preferidos
por las empresas de tecnologías de la información y telecomunicaciones para
localizar sus inversiones, y es uno de los países con mayor PBI per cápita del mundo. México bajo la actual presidencia de Fox desarrolló un “tablero de indicadores”. En tiempo
real se actualizan las principales variables de la economía y de la sociedad
mexicana. No sólo sirve para conocer la evolución de variables claves para la
construcción del futuro, sino también como “señaleros”
de la realidad del país. Tareas de
la Oficina o Comisión del Futuro. Las tareas principales de esta Comisión del Futuro
serán: 1. Construcción de una visión. Deberá convocar a
diferentes actores de la realidad nacional a construir una visión conjunta
del futuro del Uruguay. 2. Definición de objetivos, metas y tareas. Una
vez definida la visión, deberá elaborar los objetivos que permitan cumplir
con esa visión, las metas a lograr para concretar los objetivos, y las tareas
a realizar para llegar a las metas. 3. Elección de indicadores. Deberá definir los
indicadores que midan el estado de avance de las
objetivos y metas trazados. 4. Medición. Recogerá los datos de los indicadores
de las fuentes existentes y se hará cargo o encargará nuevas mediciones para las fuentes que no
existen hoy en Uruguay. * Carlos Pacheco Periodista. Hoy es editor de una
empresa de e-learning Comentarios a vuelta de correo a: cpachecog81@yahoo.com |
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Uruguay y se demografía en los próximos
cinco años (1ª. Parte) Pequeños
pero importantes cambios Juan José
Calvo 1.
Crecimiento lento; ¿tendremos un Tabaré-baby-boom en el 2005? La tasa de crecimiento demográfica
ha sido lenta en las pasadas décadas, producto de bajas tasas brutas de
natalidad y mortalidad y de un persistente saldo migratorio internacional
negativo. Si bien se carece de datos precisos (que sólo podrán obtenerse
posteriormente a la realización y procesamiento del Censo de Población), en
los pasados cinco años el ritmo de crecimiento debe haber estado muy cercano
a cero o negativo, producto de, por un lado, el continuo descenso en el
número de nacimientos y por otro lado, de la intensidad del proceso
emigratorio que el país sufrió, especialmente agravado durante los años de
recesión económica. Para los próximos cinco años, todo indica que el
crecimiento continuará siendo lento; en este artículo, se analizará el
posible comportamiento de los componentes del cambio demográfico: la
natalidad, la mortalidad y las migraciones. Tal vez debamos prever que el comportamiento sea diferente en el año
2005, y que incluso llegue a observarse un pequeño baby-boom. Con relación a la natalidad, la
tendencia reciente marca un continuo descenso del número de nacimientos
observados, y a grandes rasgos, nada hace pensar que esa tendencia se
modifique en los años futuros. Sin embargo, tal vez se deba prever que el
comportamiento sea diferente en el año 2005, y que incluso llegue a
observarse un pequeño baby-boom. ¿Por
qué pensar esto? Un par de condiciones se presentan simultáneamente: por un
lado, los vaticinios sobre la performance de la economía para el año próximo hacen
pensar que se consolidará la recuperación de la actividad. En los pasados
años, la crisis económica seguramente ha hecho postergar la decisión de tener
hijos de muchas parejas (los nacimientos descendieron casi 10% en los pasados
diez años), así como ha dificultado el proceso de formación de parejas (por
ejemplo, por dificultades para afrontar los costos de la separación de los
hogares de origen, particularmente las dificultades de acceso a viviendas).
La percepción de mejora de la situación económica puede pues incidir en la
toma de decisiones postergadas. Por otro lado, en marzo de 2005 tomará
posesión una nueva administración de gobierno, y este tipo de factores
también incide en las expectativas de las personas, lo cual tiene su
traducción en términos demográficos. Si una parte importante de la población
en edad reproductiva considera que se avecina un período próspero, es posible
que ello provoque, durante cierto período de tiempo, un número inusualmente
alto de nacimientos. Si se analiza la mortalidad, no
hay que esperar grandes cambios respecto a lo que se viene observando. En
Uruguay mueren aproximadamente 32.000 personas por año (la tasa bruta de
mortalidad ronda el 10 por mil), y las causas predominantes de muerte
responden al temprano y avanzado proceso de transición. Sin embargo, hay espacio
para ganancias importantes en términos de mortalidad infantil (especialmente
luego del crecimiento de la misma observado en el año 2003, que la sitúa en
15 por mil); las características de nuestra población y nuestro país hacen
imaginable y posible que el guarismo descienda sensiblemente, especialmente
si se logran ganancias en la mortalidad neonatal (que corresponde a los
primeros 28 días de vida). Políticas agresivas de combate a la mortalidad
infantil podrían reflejarse en una caída de varios puntos en los próximos
cinco años. La emigración probablemente continuará,
aunque el ritmo de la misma ha amainado, y probablemente sea muy inferior a
la observada en el pasado reciente. La emigración se ha constituido en un
factor estructural de la demografía uruguaya en las pasadas décadas. Aunque
con fuertes variaciones en su intensidad (dos fuertes crisis emigratorias: la
de 1970 – 1975, y la de 1999 – 2003), el saldo migratorio ha sido
persistentemente negativo en los últimos 40 años. Las redes migratorias están
conformadas y funcionan con rapidez cuando se desatan causas que propician la
búsqueda de oportunidades fuera de fronteras. El volumen de uruguayos
residentes en el exterior, estimado por la Prof. Adela Pellegrino,
está situado en prácticamente medio millón de personas, lo cual es muy alto
en términos relativos en la comparación internacional. El vínculo que estos
uruguayos guarden con el país (buscando el beneficio de todos los uruguayos,
de un lado u otro de las fronteras) seguramente será uno de los principales
temas demográficos a encarar en los próximos cinco años. 2. El
envejecimiento continuará profundizándose La pirámide de población del Uruguay es
propia de una estructura envejecida. Esto se da, principalmente, como
producto de bajas tasas de natalidad durante un largo período de tiempo. En
el caso de nuestro país, el envejecimiento ha sido además acentuado por la
emigración (migran mayoritariamente personas jóvenes, con sus hijos, o tienen
sus hijos en los países de recepción). Las condiciones actuales no permiten
prever otro horizonte que no sea el de avanzar en el proceso de
envejecimiento, con las consecuencias que este proceso tiene en diversos
campos, particularmente en el mercado de trabajo, en los sistemas de retiro y
en el sistema de salud, para mencionar algunos ejemplos. Las posibilidades de
revertir este proceso (en caso que fuera un objetivo deseable) pasarían
necesariamente por incrementar la natalidad, o propiciar políticas
inmigratorias; ninguna de estas dos condiciones parece tener alta
probabilidad, y aun en caso de darse, producirían efectos significativos en
el corto plazo. Sin embargo, y nuevamente cito una idea de la Prof. Adela Pellegrino, resultaría interesante estudiar las
consecuencias que tendría propiciar políticas inmigratorias de amplia escala. 3.
Seguirá creciendo (demográficamente) el país costero El recostamiento de la población sobre la franja costera es
un fenómeno observado a escala mundial, y Uruguay no ha sido ajeno a esta
tendencia. En nuestro país, esto ha sido particularmente visible por el
crecimiento observado en la costa de Maldonado y lo que pasó a llamarse la Ciudad de la
Costa (los nuevos barrios de Montevideo, curiosamente situados en Canelones).
Resulta innecesario abundar sobre las consecuencias ambientales y de
desordenamiento territorial producto de este tipo de procesos. Es importante
comprender que el proceso continuará, y que será necesario emprender acciones
enérgicas para evitar las externalidades negativas
del mismo. Las condiciones actuales no permiten prever otro horizonte que no sea
el de avanzar en el proceso de envejecimiento, con las consecuencias que este
proceso tiene en diversos campos, particularmente en el mercado de trabajo,
en los sistemas de retiro y en el sistema de salud, para mencionar algunos
ejemplos. Por otro lado, en términos de distribución
territorial de la población, al agotamiento del proceso de migración interno
rural-urbano (el cual ya tiene una importancia cuantitativa menor, por la
sencilla razón que la población rural tiene un peso demográfico pequeño) le
seguirá el agotamiento del proceso migratorio pequeñas localidades-grandes
localidades, por iguales razones. No se vislumbra la probabilidad de grandes
cambios en la distribución territorial actualmente observable, salvo que se
implementen políticas especialmente dirigidas a revertir los procesos
mencionados (e incluso así, es difícil pensar que tengan consecuencias
observables en el corto plazo). Por razones de espacio, en este artículo
hemos desarrollado los aspectos más tradicionales del análisis demográfico.
En un segundo artículo desarrollaremos aspectos vinculados a posibles
políticas de población a aplicar en Uruguay. * Juan José Calvo Comentarios a vuelta de correo a: juan.calvo@undp.org |
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Plan de Emergencia: buque insignia de la
izquierda ¿ Primer
eslabón de una estrategia de desarrollo social? Nelson Villareal El Plan de Emergencia
aparece incremental y estratégicamente como el “buque insignia” de la izquierda
que se apresta a gobernar. Es decir, es la propuesta política que busca
responder a la punta del iceberg de una sociedad que se auto-reconoce que ya
no es integrada, igualitaria y universalista, sino por el contrario que ha
engendrado en las últimas décadas la peor forma de latinoamericanización
en un tercio de su población: manifestando desigualdad, exclusión, pobreza y
falta de solidaridad intergeneracional, inter e intra territorial y entre clases sociales. Ya no estamos
sólo ante el quiebre del Uruguay integrado en lo social y económico sino
sobre todo en el imaginario que le daba sustento cultural. El primer dilema
es si se pretende volver a “ese” Uruguay integrado o se quiere producir una
nueva forma de integración social que dé cuenta de nuevos aspectos y
dimensiones en el paradigma de inclusión social universalista. Una nueva forma que permita
afirmar la idea que se es parte de una misma sociedad y por tanto hay que
enfrentar los problemas conjuntamente. La formulación que hizo
el presidente electo, el Dr. Tabaré Vázquez, en el
Uruguay Social antes de las elecciones, es lo suficientemente genérica y multifacética como para poder deducir de allí la
sensibilidad e importancia ética y voluntad política que se le da a las
necesidades que viven casi 1.000.000 de uruguayas y uruguayos (33%) que están
en situación de pobreza y a los 276.000 (8%) que se encuentran en estado de
indigencia. Estos uruguayos reclaman una respuesta inmediata en lo
alimentario, acceso a un empleo transitorio y a servicios básicos de salud y
educación en forma satisfactoria. Pero de allí no se deducen ni los diseños
técnicos, ni la ingeniería institucional en que funcionará, ni los mecanismos
de control ciudadano con los que se hará sustentable la propuesta, ni la
distinción de estrategias hacia indigentes y pobres en un marco universalista
y no exclusivamente focalizado. Tampoco se deduce
de ahí cómo se articularán igualdad de posibilidades y oportunidades con
iniciativa social y personal para las rutas de autonomía y no de un nuevo
clientelismo y dependencia de los sectores más excluidos. Los
integrantes de la "generación 83" nos podríamos preguntar cómo
aportar o al menos disponernos a interactuar con algunos de estos espacios
que reclaman de masa crítica y compromiso social sistemático.
El período de transición
está mostrando que no hay un diseño cerrado, ni en la propuesta, ni en la
forma de desarrollarlo y sobre todo en cómo y desde dónde implementarlo
(aunque con la reciente designación de la senadora Marina Arismendi
se estaría creando, a comienzos del gobierno, el Ministerio de Desarrollo
Social). Estos inicios sinuosos pueden ser visualizados como un problema o
como una oportunidad para incluir propuestas y diseños políticos, técnicos e
institucionales por parte de los designados por el gobierno electo y los
actores sociales y económicos que se involucrarán en la implementación. En la práctica viene siendo el equipo de
Compromiso Social, sin demasiada estructura, el que actualmente está
dialogando con distintos actores hasta que asuma la nueva responsable. Este
diálogo es a los efectos de acercase a las problemáticas concretas desde los
que trabajan o se vinculan con los sectores más deprimidos, tanto desde la
sociedad civil como desde el Estado. La etapa que resta hasta
el primero de marzo es clave para que se transmita más estructuradamente qué
y cómo se va a desarrollar el Plan de Emergencia y sobre todo cómo se va a
involucrar a la gente receptora del plan y a las organizaciones sociales que
aportarán desde la sociedad civil para hacer un puente efectivo en la
concreción de una propuesta prevista para los próximos dos años. [1] Los integrantes de la "generación 83" nos podríamos
preguntar cómo aportar o al menos disponernos a interactuar con algunos de
estos espacios que reclaman de masa crítica y compromiso social sistemático. Ahora bien, parece
necesario que una estrategia de desarrollo social no se absolutice
ni se centre sólo en la punta del iceberg,
ya que podría ser fatal tanto para la gente como para un proyecto de
cambio si pretende ser progresista y sobre todo de izquierda. Los problemas
de falta de alimentación, trabajo y acceso a la salud, entre otros, no se
resuelven atacando solo y aisladamente las consecuencias. Pero, y sobre todo,
así no se construyen nuevos mecanismos de integración social que den cuenta
de la realidad de la sociedad actual, que ya no es la misma de las primeras
décadas del siglo XX y por tanto ya no podrá ser lo mismo el Estado Social
que de cuenta de ello. [2] Parece
necesario que una estrategia de desarrollo social no se centre sólo en la
punta del iceberg, lo que puede ser fatal tanto para la gente como para un
proyecto de cambio si pretende ser progresista y sobre todo de izquierda.
El Plan de Emergencia
debe ser visualizado en un proceso articulado con el mediano y el largo plazo
para que no vuelvan a caer en saco roto las acciones que buscan estructurar
una estrategia de desarrollo social. A estos efectos es fundamental repensar,
en un primer momento, las políticas sociales compensatorias y promocionales
para dar fundamento a políticas sociales estructurales articuladas con
políticas económicas, en una propuesta de desarrollo más integral y
sustentable. Todo indica que existe
acuerdo entre todas y todos respecto a que una propuesta de desarrollo social
no debería quedarse, atrapada, en el corto plazo y la emergencia. Pero hasta
que no se sepa efectivamente qué se va a hacer, cómo se va a hacer y con qué
nivel de involucramiento y participación de la
gente, no será posible visualizar la capacidad de sinergia que tenga. El aparato del Estado
uruguayo presenta varios déficits que obstaculizan
la implementación continua y coherente de una estrategia integral de
desarrollo social. Estos déficits son el punto de
partida a tener en cuenta para poder llevar adelante el Plan de Emergencia y
sobre todo la construcción de una estrategia progresiva de desarrollo social.
Y aparecen como problemas la alta despolitización, la fragmentación
institucional y partidización del sistema, los
modelos de organización de burocracias incompletas y deprimidas de cultura
particularista, la debilidad de capacidades técnicas de sustento de las
decisiones y programas políticos y la ausencia de canales de participación y
control de las/os ciudadanos. Desde una perspectiva
integral de desarrollo social se requiere rearticular política, económica e
institucionalmente las prestaciones sociales, en un plan estratégico que
implicará enfrentar la fragmentación y poner en una efectiva coordinación a
los ministerios de Trabajo, de Salud Pública, al Banco de Previsión Social,
la ANEP, el INAU, entre otros organismos estatales. Asimismo, se puede
afirmar que el sistema de diseño institucional actual de las áreas sociales
del Estado es funcionalmente inadecuado para responder a las exigencias de la
emergencia e incidir en la reducción de la desigualdad y la pobreza de
nuestros días. De esta forma, los logros caen siempre en saco roto o llegan
tarde. Revertir esto no es de un día para el otro. Se torna urgente construir
un nuevo compromiso social sobre bases de participación ciudadana y romper el
carácter cerrado de los sistemas de gestión de los organismos públicos
sociales, a efectos de producir las sinergias necesarias para el desarrollo
con la población, y ello desde el propio Plan de Emergencia. En este marco
parece clave la importancia de construir mecanismos efectivos de control
social de las políticas públicas por parte de la ciudadanía para que las
capacidades estatales no se esclerosen y den cuenta tanto de la universalidad
como de la diferencia en la prestación de los servicios sociales. La
necesidad de fortalecer la articulación del corto plazo (las demandas más
inmediatas), el mediano plazo (la formulación del presupuesto para los cinco
años, poniendo la estructura del Estado en función de una estrategia de
desarrollo inclusivo) y el largo plazo (las reformas estructurales) requiere
de una interacción abierta con la sociedad y
equipo de gestión con capacidad estratégica y articulación
transversal. Para lograr desencadenar
un proceso que determine un curso distinto de la situación social actual de
la/os uruguaya/os, la dirección del Plan de Emergencia no debería apostar
sólo a los recursos disponibles sino al fortalecimiento de las capacidades
para consolidar desarrollo social sustentable con involucramiento
ciudadano. A la vez, la capacidad política de producir sinergias, ampliará
los márgenes de acción en la medida que se logre articular plan de emergencia
con proyecto estratégico estructural de integración social, igualitaria y
diversa. Esta estrategia deberá
recrear las respuestas inmediatas a los sectores que han sido expulsados y
excluidos, no sólo de las prestaciones sociales, sino de una condición de
vida digna que pueda transitar rutas de autonomía personal y social.
Asimismo, asumir la tensión entre afirmar derechos universales garantizados
por el Estado y la capacidad de los ciudadanos de generar recursos y de
resolver dificultades para sostener bienestar. Para no quedar atrapados
en la inercia actual, el Plan requerirá atender no sólo las condiciones
materiales, sino las dimensiones subjetivas, tanto en lo relativo a la falta
de sentido que genera desintegración, como fortalecer las potencialidades que
generan iniciativa y empoderamiento para la resolución
de necesidades y deseos sociales. Se deberán coordinar a
nivel nacional y local el acceso y la calidad en educación y salud con la
implementación de una renta básica, junto al desarrollo de un mercado de
trabajo con fuentes de empleo digno, no sólo apoyadas en el salario, sino con
la complementariedad de prestaciones sociales que fortalezcan la cohesión
social y la productividad de la economía. Los servicios sociales deberán
asegurar territorializadamente universalidad y
atención a la diversidad de problemáticas, situaciones y cortes transversales que no pasan sólo por el
conflicto capital-trabajo, sino por el imaginario de ser parte de una
construcción social protagonista e integradora y no expulsiva y excluyente. Desde una perspectiva
integral de desarrollo social se requiere rearticular política, económica e
institucionalmente las prestaciones sociales, en un plan estratégico que
implicará enfrentar la fragmentación y poner en una efectiva coordinación a
los ministerios de Trabajo, de Salud Pública, Banco de Previsión Social, la
ANEP, el INAU, entre otros, permitiendo el fortalecimiento de derechos
sociales, que no podrá pasar sólo por las estructuras estatales sino que
supondrá una nueva forma de relacionamiento con la
sociedad y el control ciudadano, para que la burocracia y el clientelismo no
fagocite las mejores propuestas que se requieren, primero para los más
postergados y luego para todos, si se quiere fortalecer la integración
social. El problema del bienestar
social no depende sólo de la economía o del compromiso de la sociedad, así
como tampoco de la sola acción del Estado, aunque sí de su responsabilidad en
la capacidad de desarrollar sinergias entre las tres esferas a la hora de
diseñar e implementar una estrategia
de desarrollo social. Por tanto, en la jerarquización
y priorización política y en la reingeniería
institucional, se deberá generar una direccionalidad
que produzca a distintos niveles (institucionales), tiempos (políticos) y
sectores (sociales), los resultados de revertir el empobrecimiento, generar
nuevos mecanismos de integración social y visualizar nuevas formas de
igualdad social. Ello implicará poner en diálogo y articulación, los
objetivos políticos con la reorientación del gasto público en relación a los
actores sociales y políticos. [1] El contenido del Plan de Emergencia (en www.efaprensa.org), más allá
que está articulado con otros planes y medidas, está centrado en: 1- Plan Alimentario, 2- Plan
Nacional de atención a la salud, 3-
Concretar la extensión del beneficio de Asignaciones Familiares, 4 -
Fortalecimiento de escuelas y liceos en contextos sociales de pobreza y
exclusión social, 5- Aplicación del
subsidio directo con contraprestaciones laborales para hogares con ingresos
monetarios inferiores a la línea de pobreza oficial, 6- Progresiva
instrumentación de la Renta Básica de Integración. [1] Ver una visión comparativa en la región y desafíos para Uruguay: “La larga marcha hacia la igualdad social”
en www.fesur.org.uy. * Nelson Villarreal Filósofo. Coordinador proyecto Políticas Sociales
comparadas FESUR. Investigador asociado CLAES/D3E. Dir.
Adj. ONG VYE, Docente de la Universidad Católica. Comentarios a vuelta de correo a: nelsond3@internet.com.uy |
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Número 3 Edición Electrónica Todos los artículos pueden ser reproducidos citando la fuente y el autor. Equipo Editor Ana Agostino Alejandra Moreni Carlos Pacheco Hoenir Sarthou Gabriella Tabacco Oscar Rocca Edgardo Rubianes Raúl Velázquez Diseño Raúl Velázquez Corrección Alejandra Moreni Edgardo Rubianes Colaboradores Alvaro Echaider José Berbejillo Roger Rodríguez Marcelo Jelen Hugo Rodríguez Alicia Dogliotti Sonia Prieto Gustavo Ochoa Eduardo Blasina Roberto Elissalde Verónica Lay Enrique Rimbaud Benjamín Liberoff José Serrentino Diego Gómez Ruben Martínez María Selva Ortiz Gabriel Barandarián Gabriela Bañuls Inés Bortagaray Juan José Calvo Nelson Villareal Diciembre de 2004 |
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[1] El contenido del
Plan de Emergencia (en www.efaprensa.org), más allá que está articulado con
otros planes y medidas, está centrado en:
1- Plan Alimentario,
2- Plan Nacional de atención a la salud,
3- Concretar la extensión del beneficio de Asignaciones Familiares, 4 -
Fortalecimiento de escuelas y liceos en contextos sociales de pobreza y
exclusión social, 5- Aplicación del
subsidio directo con contraprestaciones laborales para hogares con ingresos
monetarios inferiores a la línea de pobreza oficial, 6- Progresiva instrumentación
de la Renta Básica de Integración.
[2] Ver una visión
comparativa en la región y desafíos para Uruguay: “La larga marcha hacia la igualdad social” en www.fesur.org.uy.