Futuro Imperfecto en línea

Semana 83

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…y un próspero Año Nuevo

 

Una economía de suficiencia, no de eficiencia.

 

Ana Agostino

 

 

¿Y ahora?

 

 

 

José Serrentino

 

 

Viaje a la semilla.

 

 

 

Hoenir Sarthou

 

 

El último tren se fue

 

 

 

José Bervejillo

 

 

Oficina del Futuro

 

 

 

Carlos Pacheco

 

 

Número 0

 

Número 1

 

 

Número 2

 

Pequeños pero importantes cambios.

 

 

Juan José Calvo

 

El buque insignia de la izquierda.

 

 

Nelson Villareal

 

 

Staff

 

Editorial

 

Un próspero año nuevo

 

En esta época del año los deseos de buenos augurios para el año entrante hacia las personas que uno quiere son una cosa casi obligada. A veces también son simplemente un lugar común, una frase hecha, una mera fórmula de cortesía. De una manera u otra, la frase se repite año a año. Pero en éste quizá los augurios vengan acompañados además de una altísima expectativa y confianza de que en el año próximo las cosas realmente anden mejor.

Este estado de ánimo se empezó a gestar cuando la victoria del Frente Amplio se hizo visible, creció durante la campaña electoral (alimentado por las encuestas y los actos masivos) y se materializó en la noche del 31 de octubre.

Sin embargo, las expectativas y la confianza no parecen reducirse sólo a los votantes frentistas. El sentimiento se ha extendido a muchos que no votaron al Frente, pero que esperan del gobierno entrante los cambios que mejoren sus vidas.

Es que quizá el primer y más importante efecto del resultado electoral haya sido la recuperación del entusiasmo, volver a creer que un futuro mejor es realmente posible y alcanzable.

Este entusiasmo es una rareza, algo que el país no siente desde hace décadas.

Durante demasiados años nos acostumbramos a ver el futuro en un tono fatalista, como algo gris e inevitable, visto a través del cristal del desaliento generado por diversas y sucesivas frustraciones.

Hoy el entusiasmo ha vuelto a generalizarse, y parece sobrevivir incluso a la no muy estimulante discusión sobre cargos y candidaturas, y este entusiasmo es el mayor capital del nuevo gobierno y también su máxima responsabilidad.

Pero convertir el entusiasmo en propuestas transformadoras no es sólo responsabilidad de las autoridades electas. Hacerlo es también –y sobre todo- responsabilidad de cada uno de quienes sentimos que ahora sí se puede y que es ésta una oportunidad histórica de cambiar el país, y que debe ser aprovechada. La “oportunidad” no la tiene –solamente- el Frente Amplio, sus grupos, sus estructuras, sus líderes. La oportunidad la tiene el país, y con él todos nosotros.

Por eso en esta última edición del 2005 Futuro Imperfecto se propone difundir algunas “propuestas para la acción”, aportes que apunten a trascender el debate conceptual o la opinión crítica y aspiren a convertirse en propuestas concretas (de corto o de largo plazo, de una viabilidad obvia o una utopía lejana, globales o específicas) que centre el debate en lo que se puede hacer y en cómo hacerlo.

 

En ese sentido, José Serrentino afirma que la capacidad de “pensar el país más allá de esta administración” recae más en las organizaciones de la sociedad civil que en el propio “elenco de gobierno o los partidos que los sustentan”, y propone que Semana 83 se auto-asigne un papel activo en la construcción del nuevo Uruguay.

 

Luego de una noche de furia, Hoenir Sarthou comparte su sentimiento de frustración frente a un Uruguay que ha perdido el rumbo, y analiza los porqués. Propone un retorno a los orígenes, a que cada uno rescate lo mejor de sí y lo ponga al servicio de la comunidad.

 

Juan José Calvo analiza el futuro comportamiento demográfico del Uruguay, en donde observa algunos cambios pequeños pero importantes. Propone políticas agresivas de combate a la mortalidad infantil.

 

El futuro plan de emergencia es examinado por Nelson Villarreal, plan al que le otorga una importancia clave en el inicio del nuevo gobierno. Propone ir más allá y comenzar ya mismo a pensar en el problema de la pobreza y la integración social en el mediano plazo.

 

José Bervejillo señala que el patrimonio que debe ser cuidado son las oportunidades de futuro antes que las propiedades del pasado. Propone redefinir las relaciones entre lo público y lo privado, de modo tal de romper bloqueo en el que se encuentra Uruguay, al que observa detenido en el medio de la nada, como el viejo tren de la película “Corazón de fuego”.

 

Ana Agostino profundiza en sus ideas –expresadas en ediciones anteriores de Futuro Imperfecto- de que cada sociedad tiene el derecho a no desarrollarse y que la riqueza puede ser un problema y no una solución. Propone sustituir el concepto de eficiencia por el de suficiencia a la hora de discutir las alternativas de desarrollo económico posibles para el país.

 

La creación de una “Comisión del Futuro” es propuesta por Carlos Pacheco. Esta Comisión debería generar una visión de futuro deseable, definir los objetivos y medir los avances de su concreción, como forma de materializar una gestión práctica del futuro que trascienda el puro deseo.

 

Finalmente, volvemos al inicio: también nosotros tenemos expectativas y esperanzas de que en el año que se inicia un nuevo país se ponga en marcha. Y también tenemos expectativas y esperanzas de contribuir –elaborando y difundiendo propuestas- a que eso ocurra.

 

En nuestras manos está compartir un futuro imperfecto pero encantador.
Echemos a volar la imaginación

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A favor de los desarrollos con minúscula y no del Desarrollo con mayúscula

 

 

 

Ana Agostino

 

Una economía de suficiencia, no de eficiencia.

 

En mis dos contribuciones a Futuro Imperfecto he planteado ideas que podrían ser consideradas temerarias: el derecho a no desarrollarse y la riqueza como problema. Acercándonos a fin de año y en tiempos en que se manifiestan deseos para el 2005 que la mayoría de los uruguayos espera será sustancialmente diferente, quiero reafirmar esas ideas. Quiero manifestar mi deseo de que no nos desarrollemos y de que no seamos, sobre todo que no queramos ser, ricos. ¿Qué quiero decir?

 

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La Sociedad Civil y Semana 83

 

 

 

José Serrentino

 

 

¿ Y ahora..?

 

Al ritmo del rock nacional, Pepe Serrentino nos deja sus postales sobre el Uruguay que se viene y el papel que grupos como Semana 83 podrían jugar si lo desean, se lo auto-asignan y se lo ganan…

 

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Metamorfosis de un país que ha perdido el rumbo

 

 

 

Hoenir Sarthou

 

Viaje a la semilla

 

A todos nos ha pasado lo que noches atrás le sucedió a Hoenir Sarthou. Acostarse con bronca y con sensación de frustración. En este artículo, el autor analiza lo que sintió esa noche, comparte sus reflexiones sobre dónde y cuándo Uruguay inició la senda de la parálisis y el anquilosamiento, y propone un camino de salida.

 

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El desafío de arrancar y de seguir para adelante

 

 

José Bervejillo

 

 

El último tren se fue

 

En un club de video en California, el autor de este artículo encontró una copia de la película uruguayo-argentina “Corazón de fuego”. La metáfora de un tren inmovilizado en el medio de la nada, es para él ilustrativa del Uruguay de hoy.

 

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Oficina o Comisión del Futuro

 

 

 

Carlos Pacheco

 

 

¿Se puede gestionar el futuro?

 

Predecir el futuro es sinónimo de esperarlo, no de construirlo. La tarea de construcción requiere de acción, planes y organismos destinados a plasmar los sueños y visiones colectivas.

 

 

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Uruguay y su demografía en los próximos cinco años.

(1ª. Parte)

 

 

 

 

Juan José Calvo

 

Pequeños pero importantes cambios

 

Nuestro país ha tenido una historia demográfica inusual si se la compara con los países de la región latinoamericana. Transición demográfica precoz y finalizada en las primeras décadas del Siglo XX, lento crecimiento demográfico, temprano envejecimiento de la estructura de edades, alto grado de urbanización; éstas han sido algunas de las características de la población uruguaya. ¿Qué se espera que ocurra en la demografía uruguaya en los próximos cinco años?

 

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Plan de Emergencia: buque insignia de la izquierda

 

 

 

 

Nelson Villareal

 

 

¿ Primer eslabón de una estrategia de desarrollo social?

 

Aquello de que “todo texto, fuera de contexto, puede ser un pretexto” viene al caso para abordar un primer artículo sobre el “Plan de Emergencia” para Futuro Imperfecto. La idea de Plan de Emergencia tiene connotaciones distintas en el imaginario de los ciudadanos, de los técnicos, de los que saldrán del gobierno y de los que entran, como de los organismos internacionales que apoyan, tanto en el rol que debe cumplir, como el lugar que debe jugar en la primera etapa de gobierno, así como en relación al mediano plazo.

 

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A favor de los desarrollos con minúscula y no del Desarrollo con mayúscula

 

Una economía de suficiencia, no de eficiencia

 

Ana Agostino

 

En una entrevista a Wolfgang Sachs1 en Porto Alegre en febrero de 2003, le consulté si plantear que las alternativas debían ser encontradas fuera del discurso del desarrollo no implicaba desconocer las aspiraciones que varios pueblos tienen respecto a éste. Según Sachs es importante distinguir entre Desarrollo, con mayúscula, y desarrollos. Para este autor Desarrollo es el camino hacia la occidentalización del mundo, basado en el crecimiento económico, el aumento de la producción y el consumo, el libre juego de los mercados y la competencia, el responder a los diversos deseos y expectativas de la heterogénea humanidad con productos manufacturados y standardizados, accesibles en función de oferta y demanda. Los desarrollos con minúscula, en cambio, son las múltiples maneras que distintas culturas y pueblos van encontrando para mejorar, cambiar, embellecer, diversificar, sus particulares situaciones locales, regionales e incluso nacionales. Para Sachs el Desarrollo es sinónimo de crecimiento, los segundos, en contraste, se asemejan más al concepto de empoderamiento. Mi deseo respecto a que no nos desarrollemos tiene que ver con esta distinción de Sachs. Con que tengamos la capacidad de utilizar un lenguaje que exprese nuestros deseos que no sea el lenguaje del Desarrollo. El ya ha soñado por nosotros, ya nos ha dicho a qué tenemos que aspirar, nos lo muestra a diario, en colores, y nos dice cuánto cuesta. Pero sobre todo nos prepara para  no ver otras formas posibles de hacer las cosas, de entender la realidad, expresarla, vivirla y transformarla. En las palabras de Boaventura de Sousa Santos2, otros lenguajes, otras respuestas a diversas situaciones que se le presentan a individuos y colectividades diversas, son “creados activamente como no existentes”, es decir, como ignorantes, atrasados, incapaces de ofrecer alternativas. Para el criterio hegemónico de racionalidad y eficiencia que caracteriza el modelo de Desarrollo occidental, existe una única forma de conocimiento, el científico, el tiempo es siempre lineal, las diferencias son expresión de inferioridad y atraso y la única manera de superar carencias y dificultades es a través del criterio de producción y eficiencia capitalista. Todo lo demás, es decir otras formas de conocimiento, la no contemporaneidad de los contemporáneos a partir de sus vivencias desde concepciones diversas del tiempo, las diferencias fuera de relaciones de jerarquía, la “no productividad” en relación con la naturaleza por opción, no existen, o mejor dicho, son formas de la no existencia pues las realidades de las que dan cuenta se presentan como obstáculos para la racionalidad científica, occidental, avanzada, superior y productivista. Son por lo tanto descalificadas y reconocidas únicamente como barreras a superar para alcanzar el Desarrollo. Los desarrollos, en cambio, surgen de esas lógicas, están entrelazados con historias que develan, porfiadamente, que hay varias formas de conocer, que desaparecidas las jerarquías de las diferencias lo que permanece es la diferencia pero acompañada de un mutuo reconocimiento, que formas no capitalistas de producción, independientes del mercado y basadas en principios de reciprocidad y solidaridad son igualmente válidas y alternativas a la monocultura de la producción capitalista. Esos lenguajes, la novedad en la búsqueda de otros lenguajes posibles, son desarrollos que desafían al intento homogenizador del Desarrollo.

 

 

Debemos cuestionar nuestro uso/abuso de autos, aviones, vacaciones, papel, celulares, impresiones, exámenes médicos, tomografías computadas, tecnologías de última generación a las que recurrimos muchas veces por las dudas y a costa de la atención primaria, el transporte público, las colonias de vacaciones, tecnologías de la información de acceso comunitario, entre varios ejemplos de bienes y servicios que no necesitan ser personales sino de uso compartido.

 

En el mismo sentido, a la lógica de la eficiencia es posible oponerle la lógica de la suficiencia. Según Sachs, el concepto de eficiencia se enmarca en el paradigma de crecimiento, pues el resultado que se busca con la eficiencia es la inversión de las ganancias orientadas hacia un nuevo crecimiento. La suficiencia proviene de otra concepción, la de realizar aquello que es correcto para cada uno, para su comunidad, que le da satisfacción, le ofrece calidad, con independencia de la cantidad y del valor monetario así como de su capacidad de seguir reproduciéndose por el mero hecho de generar ganancia.3

La riqueza como acumulación material se enmarca claramente en la lógica de la eficiencia, de la producción constante. Esa lógica, si vamos a encaminarnos como resultado de los cambios políticos a una sociedad más placentera y justa, también debe ser desafiada. Debemos cuestionar nuestro uso/abuso de autos, aviones, vacaciones, papel, celulares, impresiones, exámenes médicos, tomografías computadas, tecnologías de última generación a las que recurrimos muchas veces por las dudas y a costa de la atención primaria, el transporte público, las colonias de vacaciones, tecnologías de la información de acceso comunitario, entre varios ejemplos de bienes y servicios que no necesitan ser personales sino de uso compartido. Cambiar las condiciones de vida de la población objetivo del llamado Plan de Emergencia de la futura administración –“cien mil indigentes y doscientos mil por debajo de la línea de pobreza”- exige necesariamente cambios, también, en las condiciones de vida del resto de la sociedad, en los criterios de producción y consumo, en la relación con la naturaleza, en la selección del tipo de energía a priorizar, en los modelos que como sociedad queremos adoptar.

 

 

Los desarrollos con minúscula son las múltiples maneras que distintas culturas y pueblos van encontrando para mejorar, cambiar, embellecer, diversificar, sus particulares situaciones locales, regionales e incluso nacionales.

 

 

Hechas las aclaraciones, confío sí que nos desarrollemos en el 2005, pero en las múltiples y variadas formas posibles, sin atarnos al modelo occidental y menos que menos al consumo como forma de la existencia. Y que seamos ricos también, en nuestro descubrimiento de todo aquello que nos da satisfacción fuera del mercado, en todo lo que podemos ofrecernos mutuamente sin la mediación del dinero. Y gravemos este último, sobre todo su acumulación, de manera que pueda utilizarse para generar bienestar común en áreas en las que sí se necesita inversión de capital.

 

Ana Agostino

Asistente social, Universidad de la República, y Doctora en Estudios de Desarrollo, Universidad de Sudáfrica.

Comentarios a vuelta de correo a:

anaa@internet.com.uy

 

Fuentes citadas:

[1] Editor de “The Development Dictionary. A Guide to Knowledge as Power”, Zed Books, Londres y Nueva Jersey, 1992, libro con el que se inició el debate en torno al Post-Desarrollo.

2 Santos, Boaventura de Sousa: “The WSF: Towards A Counter-Hegemonic Globalization”, "http://www.portoalegre2003.org/publique/cgi/public/cgilua.exe/web/templates/htm/1P5RU/view_zlp.5RU.htm?infoid=5453&editionsectionid=144&user=reader", accedido en fecha 18 de junio de 2003.

3 Entrevista con Wolfgang Sachs en febrero de 2003.

 

 

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La Sociedad Civil y Semana 83

 

¿Y ahora..?

 

José Serrentino

 

 

la tribuna calienta para entrar
humo blanco de felicidad

 

Luego de 33 años la conjunción de las izquierdas uruguayas ha llegado democráticamente al gobierno. Aires de renovación, aires de legitimidad y un refrescante perfume de esperanza se respira en Uruguay. Hace como 40 años que un gobierno electo no cuenta con mayoría parlamentaria. Y hace nosecuántos años que un gobierno electo no inicia su gestión con un Programa más o menos coherente. Todo el elenco de la alta administración del Estado será recambiado.

 

van los buitres, los traidores van
no te olvides la vela huracán
de colados los piojos están

 

El renovado elenco ocupará su lugar en la escena con todo el típico entusiasmo inaugural. Saben que son depositarios de altas expectativas. Saben también que son depositarios de los últimos restos de expectativas que muchos uruguayos tienen en el sistema político, en el sistema democrático. Saben que, aunque la oposición parece no existir en estas semanas, cada acto de gobierno, cada nombramiento, cada logro, cada fracaso será observado, será medido y podrá ser penalizado. A pesar de eso el elenco está posicionado en una hipótesis fuerte de trabajo, inspirada en la experiencia de gobierno municipal: "Si no hacemos grandes cagadas, hay gobierno por 15 años".

 

Los tatuajes en el corazón,
en la cancha se olvida el dolor

 

Prontos para tomar las riendas del Estado, hay un énfasis muy fuerte en la prioridad de la emergencia social. La prioridad es correcta y compartida por la abrumadora mayoría de los uruguayos. Es esperable que en los primeros meses del 2005 asistamos a un enorme empuje de acciones de gobierno en direcciones progresistas, racionalizadoras, de buen gobierno. Luego de esos meses, el Presidente y todo su elenco estarán inmersos en las restricciones que el aparato estatal uruguayo produce en cantidades insoportables. La energía instituyente será, con los meses, devorada por la energía administrativa.

 

Es el lunes, martes, miércoles, jueves,
viernes, sábado, domingo a la cancha

 

Entonces se verá la talla política del elenco del Presidente. Saldrán a la luz las capacidades de sortear obstáculos. Saltarán algunos. Cantarán otros. Y unos pocos nos mostrarán que están pensando el país más allá de esta administración. Entonces será necesario exigirle al gobierno una Visión, Políticas de Estado, Líneas Estratégicas. Será necesario exigir Audacia. Es difícil que el propio elenco o los partidos políticos que lo sustentan tengan la capacidad de no quedarse en la corta perspectiva de la coyuntura.

 

hay que cantar, hay que saltar

 

Quienes tienen esa capacidad son las organizaciones de la sociedad civil no comprometidas en la gestión cotidiana. Las organizaciones que sean capaces de proporcionar pensamiento, elaboración de propuestas, análisis, crítica. Entre ellas, por su esencia generacional transversal, por su constitución rizomática, por su trayectoria en la salida de la dictadura, y por su gestión reciente en el escenario nacional, Semana83 tiene la potencialidad de cumplir un papel de primer nivel. No está predeterminada a cumplirlo. Deberá auto-asignárselo en primer lugar. Deberá mantener el foco a cierta distancia de la coyuntura en segundo lugar. Deberá resolver alguna dificultad endémica para tomar decisiones. Y finalmente deberá ganárselo.

 

(Trotsky Vengarán - Hay que Saltar - Durmiendo Afuera – 2001)

 

* José Serrentino

Empresario de software

Comentarios a vuelta de correo a:

pps@ims-consultores.com

 

 

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Metamorfosis de un país que ha perdido el rumbo

 

Viaje a la semilla

 

Hoenir Sarthou

 

La noche anterior me acosté furioso, cansado y decididamente frustrado. Había pasado el día dedicado a tareas imposibles: convencer a una jueza de que en tres días se puede autorizar el viaje de un menor; gestionar en una mutualista una consulta urgente con un especialista; renovar la libreta de chofer y discutir por unos impuestos que me cobran indebidamente. Demás está decir que me acosté con una profunda sensación de fracaso, lleno de dudas sobre el sentido de la vida en general y sobre la utilidad de la mía en particular. “Es inútil”, creo que alcancé a pensar. Y me quedé dormido.

Como no me llamo Gregorio Samsa, después de esa noche de sueño intranquilo no me desperté convertido en un monstruoso insecto, como en la “Metamorfosis” de Kafka. Para nada. Me desperté invadido por una maravillosa serenidad. Seguramente durante la noche mi inconsciente concluyó que quien se había convertido en un insecto monstruoso no era yo, sino el Uruguay. Y no se imaginan la tranquilidad que eso me dio.

¿Vieron a esos insectos que parecen dinosaurios en miniatura, con patas gigantes y cuerpo minúsculo, alas enormes que sin embargo no le sirven para volar y ojos saltones pero ciegos? Bueno, a esos insectos me refiero. Son bichos más bien inocuos, aunque muy feos. Han desarrollado sus órganos y sus miembros fuera de toda proporción, y a la vez tienen atrofiada la función para la que esos órganos y miembros están destinados. A veces creo que algo parecido le pasa al Uruguay. Nuestras instituciones se han hiperdesarrollado, al tiempo que han dejado progresivamente de cumplir la función para la que fueron concebidas. Es como si todos hubiéramos olvidado la intención original con la que las creamos, pero ellas hubieran seguido creciendo y engordando a expensas del resto del cuerpo social. Voy a poner un ejemplo para ser más claro.

 

La rebelión de los instrumentos

 

Hace treinta años nuestras Fuerzas Armadas se autoproclamaron depositarias de los mejores valores nacionales y dieron un golpe de Estado  para “salvar a la Patria”. Nos llevó once años sacarlas del poder que habían usurpado, y más de veinte –porque todavía no lo logramos del todo-  convencer a sus integrantes de que son simples funcionarios públicos, sujetos a la voluntad del resto del país. Sin embargo, en teoría, las Fuerzas Armadas son un grupo de personas contratadas, entrenadas, armadas y pagadas con un objetivo específico: defender al territorio nacional de ataque externos, y aun ello dentro de límites estrictos. Ahora bien,  ¿qué las llevó a desbordar su función histórica y a asumir otras esencialmente ajenas? Esa pregunta ya ha consumido ríos de tinta, así que no me propongo contestarla aquí. Me basta con señalar que una institución creada para cumplir una función social concreta se transformó en un grave problema, costó vidas, años de retroceso económico y social y dejó en nuestra cultura huellas indelebles.

 

 

Nuestras instituciones se han hiperdesarrollado, al tiempo que han dejado progresivamente de cumplir la función para la que fueron concebidas. Es como si todos hubiéramos olvidado la intención original con la que las creamos, pero ellas hubieran seguido creciendo y engordando a expensas del resto del cuerpo social.

 

 

Se podrá objetar que el ejemplo no sirve, que las Fuerzas Armadas son una institución especial, cuyos miembros están armados y sujetos a una disciplina férrea. Sin embargo, no creo que el problema del que hablo tenga que ver exclusivamente con armas o con autoritarismo. Sospecho más bien que está ligado a una tendencia profunda de todas las organizaciones humanas, la tendencia a cobrar vida propia, a crecer y a autoperpetuarse, olvidando incluso la función social para la que fueron creadas. Es, por ejemplo, el caso de las burocracias, que tienden indefectiblemente a convertirse en un fin en sí mismas, como puede comprobarlo cualquiera que observe a la administración pública uruguaya.

 

Una de náufragos

 

Para estudiar ese proceso de desnaturalización, les propongo un juego. Se trata de imaginar a un grupo de seres humanos aislados y sometidos a una situación límite, en la que deben organizarse y sobrevivir librados a sus propios recursos. Podría ser una tribu salvaje o, mejor aun, un grupo de náufragos en una isla desierta. Prefiero al grupo de náufragos, porque nos permite visualizar la etapa fundacional de una comunidad. Alguien ha señalado que este juego se asemeja a la “posición original” de John Rawls, en la que un hipotético grupo de seres humanos, que ignoran la posición que a cada uno de ellos le tocará ocupar en una futura sociedad, debe definir los principios sobre los que se organizará esa sociedad y la forma en que en ella se distribuirán los bienes. Pero, dado que la situación de los náufragos no es necesariamente hipotética y que además cada uno de ellos sabe quién es y qué papel podrá tocarle en la nueva comunidad, creo que la similitud con Rawls no es tal.

 

Ahora imaginemos la situación. Recién llegados a la isla, los náufragos seguramente reconocerán el lugar y se cerciorarán de que reúna condiciones mínimas para la vida (agua, comida, etc.). Allí ya tenemos una primera función, la investigación, que tal vez sea, en cualquier circunstancia, la primera actividad humana, y probablemente nunca  se desarrolle tan aislada de la técnica como desearían los amantes de la ciencia pura. En segundo lugar, es probable que los náufragos se ocupen de reunir e inventariar los elementos de que disponen para la supervivencia (comida, abrigo, el lugar físico en que se instale el grupo, materiales, herramientas, etc.). Allí ya hay otra actividad: el apoderamiento y conservación de los bienes necesarios para la vida. En una sociedad civilizada esa actividad se realiza en forma difusa; la realiza en parte cada individuo, en la medida de sus posibilidades, y en parte es realizada por el Estado. Simultáneamente con el establecimiento del grupo humano y con su apoderamiento del mundo circundante, surge otra vieja actividad humana: el derecho. Porque inmediatamente deberá establecerse cuánto podrá comer cada uno, qué derecho tendrá a tener cosas propias y a usar las comunes, quién deberá cuidar los alimentos y qué pasará si desaparecen. Asimismo deberá acordarse cuál será el género de relación entre los miembros del grupo, cómo se tomarán las decisiones, si se admitirá el uso de la fuerza y la violencia y cómo se castigarán las infracciones a las reglas. En las sociedades complejas esa labor la cumplen los legisladores, los jueces y los abogados, pero en sociedades pequeñas es cumplida generalmente por la propia comunidad. Seguramente pronto necesitarán los náufragos más alimentos, así que aumentará la investigación del entorno y se implementarán actividades para obtener de él nuevos alimentos y bienes para la vida. Habrán nacido así la agricultura, la pesca y en general las actividades productivas. En algún momento aparecerán enfermedades o habrá gente lastimada. La medicina tendrá entonces su papel. Y, si hubiera enemigos o fieras, habría que organizar la defensa, con lo que surgiría la función militar. Podríamos estirar este relato hasta el infinito, pero creo que no es necesario. Nada cuesta imaginar que, si la situación perdura, nacerán niños, y entonces será necesaria la educación, que tendrá como finalidad primordial –aunque no suene muy romántico- transferir a los nuevos miembros del grupo los saberes necesarios para conocer y manejar el medio. Tampoco cuesta pensar –sospecho que fue exactamente lo que pasó en tiempos muy remotos- que en las noches habrá quien cante, quien baile y quien narre o represente relatos, con lo que las artes tendrán asegurado su futuro. Para terminar, tarde o temprano surgirá algún tipo de autoridad política, que, al menos al principio, tenderá a actuar como simple ejecutora de la voluntad colectiva  para ir adquiriendo progresivamente nuevas atribuciones.

 

Cuando decidamos salir de la parálisis y repensar nuestro futuro, debamos remontarnos al espíritu de comunidad, al sentido original  que está en la raíz de las instituciones, aunque haya sido olvidado por demasiado tiempo.

 

 

 

Lo interesante del juego es que resulta revelador respecto al sentido original de las actividades e instituciones humanas. Obviamente, la sociedad actual  puede ser vista como una variante complejizada de la comunidad de náufragos, en la que cada actividad se ha institucionalizado, convirtiéndose en tarea exclusiva de un estamento social determinado. Desde luego, no propongo regresar a un régimen indiferenciado en que todos hagan de todo. Pero considero útil reflexionar sobre la forma en que ese sentido original de las actividades humanas ha ido perdiéndose a lo largo del tiempo.

 

Hacia los orígenes

 

Me pregunto si queda hoy algún aspecto de la vida en que las intenciones originales no se hayan desnaturalizado. Me pregunto si el derecho es un conjunto de reglas claras y previsibles para organizar la vida social o se ha convertido en un laberinto de ritos incomprensibles para el ciudadano común; me pregunto si el Parlamento interpreta y plasma en leyes la voluntad colectiva o se ha vuelto un  ámbito para el tráfico de influencias y el reparto del poder. Me pregunto si la